Demonios blancos

Demonios blancos / Víctor M.M.


Prólogo

Había vencido en mil batallas, pero había una que sabía que no iba a superar. La muerte siempre gana, era una de las dos frases que le había dicho su padre en su lecho de muerte. Emerthed el Justo, soberano del reino de Tharler, contaba casi con noventa años. Ya había perdido la cuenta. Serás un gran rey, Emerthed. La otra era Vales tu peso en oro.

Entonces, hoy ya no valgo una mierda, se decía últimamente. Con la piel en los huesos sus sirvientes le ayudaban con gran cuidado a incorporarse de la cama, lugar en el que debía, según los curanderos, permanecer el máximo tiempo posible en aras del reposo.

Sin embargo, en aquellos tristes días, todavía eran numerosas las historias relatadas en tabernas y posadas de tierras distantes, más allá del territorio de Tharler, sobre las gestas de este rey. Quienes bien le querían, se las transmitían para subirle el ánimo, mas lejos de lograrlo, esas historias eran en verdad lo que a él más le hacía entristecer, pues le embargaba una lúgubre nostalgia. El que era dueño y señor de la fortaleza de Tharlagord, él, Rey de todo Tharler, estaba completamente desolado.

El soberano de Tharler era conocido por su sabiduría y bondad, y todos sus súbditos lo apreciaban. No en balde se había granjeado el sobrenombre de El Justo. Él era consciente de ello, pero hacía tiempo que su fama le había dejado de enorgullecer, pues de poco servía para salvar al reino. Ya no era suficiente.

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Llevaban años de malas cosechas; se pasaba de veranos calurosos y con sequía a inviernos terriblemente fríos. Un año resurgía alguna plaga olvidada y en el siguiente enfermedades extrañas azotaban al ganado. Como si esto no fuera suficiente, llegaban vientos desde el reino de Fedenord nada amigables, como si el rey Teavin hubiese olvidado los lazos fraternales que su difunto padre había establecido con Tharler.

Había días que Emerthed se planteaba beberse un veneno y desaparecer del mapa, olvidarse de todo aquello y dejar los nuevos problemas a las nuevas generaciones. Pero ése, precisamente, era el mayor de los problemas. No veía a su hijo Demerthed con la capacidad mediadora necesaria para aplacar los fuegos, más al contrario, no entendía de dónde había obtenido su hijo ese carácter belicoso y rebelde, quizás las malas compañías, quizás el aburrimiento del que todo lo tiene. Tenía el convencimiento de que justo el seguir con vida era lo único que mantenía el reino todavía en su sitio y por eso se aferraba a ella. Demerthed era demasiado impulsivo, como si no entendiera que reinar un territorio como aquél era demasiado complejo como para tomar decisiones a la ligera; no era consciente de la fragilidad del reino y lo poco que hacía falta para desestabilizarlo todo. Peor todavía, quizás eso le motivaba. No puedes saber que tienes el mejor ejército y conformarte con quedarte quieto mientras el vecino te provoca. Cuanto más poder atesoras, hijo, más importante es contenerlo, le decía. Pero la opinión de Demerthed no podía ser más distinta.

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Sumido en estos pensamientos estaba mientras le vestían, cuando una voz lo despertó de su letargo:

—Rey Emerthed—. La voz era de Dronegar, uno de sus asistentes.
—Habla.
—Tiene consejeros y un hijo. Ellos podrían encargarse.
—Silencio, Dronegar, te lo ruego. No me recuerdes que siquiera soy capaz de ponerme en pie por mí mismo.
—Debería hacer caso a los sanadores. Su salud...
—Silencio, he dicho. Recibiré a todos y cada uno de mis súbditos que requiera mi atención.

Cuando le colocaron la capa, fueron llevándolo hacia el trono a paso de caracol. El Rey entonces habló a sus asistente:

—El granjero de Grast del Río Curvo que quiere verme... ¿Sabéis el motivo de su llegada?
—Quiere agradecerle la rápida actuación de la patrulla ante el último ataque orco a su aldea.
—Me sorprende, ciertamente. La gratitud escasea en estos tiempos, y se ha tomado muchas molestias.

Los sirvientes se miraron entre ellos. Emerted les interrogó con un gesto. Dronegar dijo:

—Ha venido cargado con una desmesurada y pesada bolsa de viaje.
—¿Sabéis qué trae dentro de esa bolsa? La habréis registrado, imagino.
—Sí. Un par de pequeños cofres bajo llave. No quiere abrirlos si no es en vuestra presencia. Dice que son obsequios para vos y que sus ojos deben ser los primeros en verlos. Si lleva un arma...
—Todavía tenemos guardias, o eso espero. Si lleva un arma nadie le permitirá siquiera empuñarla, Dronegar. No hagamos esperar más a ese campesino.

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Dronegar salió el primero en busca del visitante mientras otros criados le llevaban, pasito a pasito, hasta la sala del trono. No se le permitió a aquel hombre pisar la estancia hasta que el rey estuvo bien aposentado.

El hombre que entró era de estatura media, más bien delgado, con una protuberante barba negra que se confundía con su cabello. Llevaba colgada al hombro la bolsa de viaje que había descrito el sirviente. Observó al Rey con interés. En él vio a un viejo delgaducho, con barba y pelo largo, ambos más blancos que la nieve virgen. Al menos el tiempo le había conservado bien el cabello, era lo primero que solía pensar todo aquel que veía al rey por primera vez en años. No obstante el resto de su apariencia daba a entender que quizás el próximo invierno sería el último para su Majestad. A pesar de su evidente mal estado, el esquelético anciano que había bajo la corona de oro y plata, continuaba teniendo el porte de un verdadero Rey. A ojos de cualquiera, daba la sensación de que rey y trono eran todo un mismo ser, como si ambos se hubieran fusionado con el transcurrir de tantos años juntos.

—¡Habla rápido, mi súbdito! —inquirió el Rey—. Como ves, mi tiempo en este mundo pronto acabará. ¿A qué has venido?
—Oh, bondadoso Rey Emerthed, hijo de Bronethed, os ruego aceptéis estos regalos en agradecimiento por la rápida y eficaz intervención de vuestro ejército en nuestra humilde aldea de Grast del Río Curvo.

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El rey hizo un gesto con la mano indicando un No fue nada.

El viajero se arrodilló y abrió la bolsa que llevaba consigo. Sacó los dos pequeños cofres misteriosos; uno algo más grande que el otro. Introdujo una llave cada uno de ellos. Clic. Clic. Dronegar cogió el cofre de mayor tamaño y se adelantó hasta los mismos pies del Rey. Lo abrió y Emerthed observó que estaba repleto de monedas de cobre, e incluso se distinguía el reflejo de alguna que otra moneda de plata. Suspiró. ¿Cómo podía si quiera pensar alguno de sus súbditos que él llegaría a aceptar un tributo como aquél?

—¡Quédate con tus riquezas... —Se quedó pensativo, sopesando si le estaba fallando la memoria o nadie le había anunciado coreectamente—. ¿Cuál era tu nombre? —carraspeó.
—Haroned, hijo de Ferothed, granjero de Grast del Río Curvo, mi Rey —dijo el aludido.
—¡Pues quédate entonces con tus riquezas, Haroned! —repuso enérgico—. ¡Seguro que las necesitas más que cualquier persona que habite esta fortaleza!
—Oh, mi Rey, vuestros soldados han salvado a mi esposa, que ya estaba en las manos de esos desalmados... Y mis tres hijos escondidos en mi humilde casa a punto estuvieron de ser descubiertos por esas bestias de Ommerok. Y también le debo mi propia vida, sin duda hubiera expirado bajo sus sucias fauces. Le debo todo, rey de Tharler, mi rey. Ruego que aceptéis mis ofrendas.

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El hombre le suplicó como si le fuera la vida en ello.

—Tu historia me conmueve —admitió el Rey—. Pero no puedo aceptar regalos de alguien que puede necesitar ayuda para reconstruir su propia vida. Esas criaturas arrasan con todo. —Hizo una breve pausa y continuó, esta vez, en un tono más amable—. Agradezco en verdad tu gesto, Haroned, hijo de Ferothed, pero es mejor que partas hacia tu lejana aldea y pongas todo tu empeño en reparar tus propiedades y alimentar a tu familia. Mi deber como Rey es proteger a mi reino. —Detuvo su explicación pensativo por unos instantes y agregó—: Nuestras leyes dictan que en caso de ataque, si el poblado ha sido arrasado tributará la mitad en la siguiente estación, y en eso el tuyo no está excluido. ¿No es así?
—Así es, mi Señor —admitió el barbudo granjero—. Vuestra benevolencia es digna de vuestra fama. Haré lo que vos decís y usaré este dinero para reparar los daños de la aldea en su nombre.

Una sonrisa se dibujó en la fina línea de los labios del Rey. Había aceptado audiencia con un campesino, era mucho más de lo que cualquier otro monarca hubiera hecho. Aquél debería darse por satisfecho. Seguramente sabría de antemano que el rey jamás aceptaría ese dinero, pero el haber cargado con esos cofres hasta allí, era digno de admiración.

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—Pero... —dijo Haroned interrumpiendo aquel silencio. Los presentes se extrañaron. ¿Refutaría aquel campesino la voluntad del Rey?—, suplicaría que aceptaseis al menos el contenido de este segundo cofre.

Emerthed se revolvió en su trono. ¿Otra prueba? La paciencia se le estaba agotando, no tenía cuerpo ni humor para juegos.

De nuevo, el criado del Rey, recogió la ofrenda. Se la acercó hasta el mismo trono, y abrió el cofre más pequeño mostrando su contenido. Apareció ante sus ojos un majestuoso y plateado guantelete de guerra adornado con grabados florales y un rubí engastado en el protector dorsal de la mano.

Al acercárselo al Rey, éste dio un respingo, y quedó maravillado ante la belleza de tal objeto. Al verlo más de cerca, el Rey se sobrecogió.

—¿Mithril? —preguntó el Rey como si no pudiera creerlo. ¿Cómo era posible que un simple granjero poseyera un objeto de tan increíble valor?
—Exacto, mi Señor. Mithril puro, forjado y elaborado por los habilidosos enanos del este.

El granjero sonrió levemente al observar cómo los ojos del Rey contemplaban bien abiertos el guantelete de tan fuerte y ligera aleación metálica.
El Rey se inclinó hacia adelante y aferró sus delgados dedos sobre los brazos de su trono con tanta presión que las uñas se le hicieron, si cabe, todavía más blancas. Luego clavó la vista en el granjero, suspicaz.

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—¿Qué clan de enanos exactamente? —preguntó sin perder de vista el magnífico guantelete.
—Lo ignoro, mi buen Señor. Perteneció a un antepasado mío. El padre de mi padre se lo dio a mi padre, y éste me lo dio a mí. Desconozco tanto la procedencia exacta como la edad del guantelete. Se dice en mi familia que algún antepasado mío salvó la vida de un rey enano, pero la verdad es que la historia bien pudo ser edulcorada por el paso de los años. Pero insisto en que vos os lo quedéis en señal de aprecio y servidumbre a su Corona.

El Rey sabía de buena tinta que el precio de ese guantelete superaba con creces el valor del primer cofre, pero había algo en él —quizás su increíble belleza— que le impulsaba a cogerlo y admirarlo de cerca. Si pudiera ponérselo una sola vez, pensó, recordaría la grandeza que una vez tuvo, porque en verdad era el guantelete de un verdadero rey. Pero no podía aceptarlo; era un regalo demasiado valioso para que le fuera ofrecido por un simple campesino. No obstante, la curiosidad le fue en aumento, pues por todos era sabido que el reino se estaba sumiendo en un estado cada vez menos fructífero y, por tanto, no era habitual la posesión de objetos de lujo, menos todavía por parte de los aldeanos.

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—¿Cómo ha podido permanecer oculto en mi reino esta inconmensurable obra de arte? Nadie jamás me habló de la existencia de este guantelete. ¿Cómo es posible? —preguntó indignado el Rey.
—Es un objeto demasiado valioso para ir enseñándolo, Majestad. Largas generaciones han ocultado su existencia, pues hubiera podido ser objeto de envidia de mis vecinos, o incluso de los propios nobles, que no entenderían porqué esta joya no estaba en sus manos —se excusó el granjero.

—¿Y ahora quieres que este objeto tan valioso sea mío? No lo entiendo.
—Le debo todo a vuestra majestad. ¿Puede entender eso? La posesión de riquezas materiales no tiene comparación frente a tener el amor de mi familia al calor de una chimenea. Además, no puedo ocultar más la existencia de este objeto en mi propia casa, Majestad. —Y procedió a explicarse—: Ya lo han visto mis vecinos. Un orco lo encontró. Lo degollé con mi hoz y recuperé el guantelete, pero lo paseó bastante por la aldea durante el ataque ante la vista de todos. Además, no soy digno de poseerlo. Este guantelete merece estar en manos de alguien digno... —Dejó unos segundos de silencio para poner más énfasis en sus palabras y continuó—: A un gran rey. Probáoslo, mi Rey, y seréis testigo de la habilidad de los orfebres enanos.

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El Rey lo miró a los ojos, y después miró el guantelete. Sí. Se lo probaría y después insistiría en que el granjero era el único dueño de aquel objeto. Le diría que no aceptaría tan enorme regalo, por supuesto con palabras de agradecimiento, no de desprecio. Emerthed llevaba muchos años en sus huesos con la fama de piadoso y justo. Era conocido por su terquedad e inflexiblilidad en la aplicación de las leyes, pero también por su cordura y comprensión. Algo había en ese guantelete que lo hacía enormemente tentador, pero aceptar aquel regalo pondría en serios problemas su reputación; poner por delante su codicia personal ante las necesidades de su pueblo no era digno de un soberano como él.

Pero decidió probárselo. El hecho de que un rey acceda a los caprichos de un súbdito era el mayor regalo que éste último podía recibir. Se lo pondría y se lo devolvería con la mayor cortesía posible.

Su mano entró en el guantelete y éste se le ajustó a la perfección, como si hubiera sido hecho a medida. Enseguida le embargó una agradable sensación. Recordó los días de gloria, cuando cabalgaba al frente de su ejército, cuando su espada era la más temida entre las filas de sus enemigos, cuando rivalizaba en la destreza en el campo de batalla con su hermano menor, muerto tiempo atrás. Incluso ahora llegaba a notar el viento en la cara, como si en verdad cabalgara por los anchos prados. La sangre le hervía en las venas. Volvía a sentir la vida.

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De repente miró a su alrededor y observó a los presentes. Se dio cuenta de que había perdido la noción del tiempo. ¿Cuánto tiempo habría permanecido ausente, inmerso en sus recuerdos? Se quitó el guantelete y miró fijamente al granjero Haroned.

—¿Dónde está el otro guantelete?
—¿Perdón? —se excusó el granjero, como si no entendiese la pregunta.
—Los guanteletes van por parejas. El de la mano izquierda, ¿quién lo posee?
—Ignoro la existencia de otro guantelete, mi señor. Diría que no es en realidad un guantelete hecho para la batalla real, sino una obra de arte digna para ser exhibida en los salones de trofeos. En mi familia jamás nadie mencionó un segundo guantelete.

Aquello pareció convencer al Rey que, de pronto, su mente encontró una solución que sería placentera para todos.

—Está bien —habló al fin—. Si tanta es tu insistencia, me quedaré con tu regalo. Pero con una condición. —Tras escrutar la expresión del campesino, añadió—: Te lo compraré. Te ofrezco esos mismos dos cofres repletos de monedas de plata y oro. Ésta es mi oferta. ¿La aceptas?

Miró al granjero con autoritarismo, casi obligándole a acatar aquello como una orden Real. Dronegar y el resto de criados se miraron de soslayo. Las arcas reales no estaban como para desperdiciar ni una sola moneda.

. Prólogo

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—Su misericordia y sabiduría me abruman, majestad. Gracias, mil gracias —dijo Haroned el granjero.

El Rey Emerthed sonrió satisfecho por primera vez en muchos años. Pensó firmemente que había obrado con verdadera justicia. Por una parte, había obtenido un objeto que le hacía revivir viejas glorias, por otra, había liberado al pobre campesino de la responsabilidad de ocultarlo por el resto de su vida, una carga que parecía demasiado pesada para aquel barbudo aldeano. Además, creyó entender que lo que realmente había buscado aquel hombre desde el principio era precisamente eso: cambiar el guantelete por dinero, un dinero que le aprovecharía mejor a su familia. El guantelete era muy valioso, pero no era comestible ni servía para reconstruir poblados y se había convertido en una carga. Fuera como fuere, sintió que había hecho bien. No tenía dudas.

Le llevaron de nuevo a la cama con la misma ceremoniosa lentitud. Pidió que le llevaran consigo su nuevo trofeo. Cuando todos salieron de sus aposentos, Emerthed abrió de nuevo el cofre, admiró el guantelete y no pudo evitar ponérselo de nuevo. Las sensaciones de juventud, libertad y poder volvieron a embargarle.

Y no volvió a sacarse el guantelete nunca más.

. Prólogo

“Demonios blancos” y la portada del presente libro son obra de Víctor Martínez Martí y se encuentran bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported.
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By Víctor Martínez Martí @endegal