Demonios blancos

Demonios blancos / Víctor M.M.

01
La Herencia

Darlya, tras comprobar que su hijo todavía respiraba, lo llevó en brazos hasta su casa y lo depositó en su camastro. Antes de limpiarle las heridas atrancó puertas y ventanas. En otro tiempo y circunstancias lo hubiera llevado al sanador del pueblo, pero ya no había vuelta atrás. Estaban en aviso inminente de guerra con Fedenord, los soldados campaban a sus anchas en cualquier aldea, las cosechas escaseaban y la gente se había vuelto huraña. Peña Solitaria no era una excepción. Cada cual procuraba ocuparse de sus propios asuntos. Las peleas callejeras iban en claro aumento, sólo mitigadas cuando a los soldados les venía en gana o tenían un arrebato de cordura. ¿Cómo pudo un Rey tan bondadoso como Emerthed llevar a su reino hasta ese estado?

En realidad lo temía. Lo que en su día había sido un Rey muy deteriorado por su avanzada edad que no podía valerse por sí mismo, se había convertido ahora en un Rey enérgico y fuerte, que incluso cabalgaba con sus tropas y participaba en las patrullas de rechazo contra las incursiones orcas. El rey Teavin de Fedenord acusaba a Emerthed de haberse conjurado con Ommerok en su lecho de muerte a cambio de que su reino le sirviese. Que ese era el motivo por el que cada vez más orcos acechaban a Fedenord y menos a Tharler. Teavin estaba dispuesto a ampliar sus fronteras como excusa de una guerra santa contra un Tharler corrupto por las fuerzas malignas. Era un discurso que los propios tharlerianos podían llegar a creerse.

01. La Herencia

Demonios blancos / Víctor M.M.

No, pensó Darlya, ya nada era como antes. Ya nunca podría volver a serlo.

Unos golpes en la puerta despertaron a Darlya de sus pensamientos.

—¡Abre de una vez! —bramó una voz ronca desde el otro lado de la puerta, aporreándola como un poseso.

Darlya la reconoció rápidamente como la de Antebhal, padre de Debhal. En realidad lo estaba esperando. Amarró rápidamente el cuchillo que había dejado cerca. Sabía de sobras que su vecino no estaba de humor y que buscaba represalias por haber abofeteado a su hijo. La verdad es que lo había hecho con tanta fuerza que el chaval fue al suelo y no se atrevió a levantarse hasta que la mujer hubiera desaparecido de su vista.

—¡Abre o tiro la puerta abajo! —amenazó por segunda vez.

—¡Tu hijo casi mata al mío! —le respondió igual de fuerte.

No podía quitarse de la cabeza las imágenes de Endegal cayendo del árbol ya inconsciente, rebotando entre las ramas como un pelele.

Había temido desde el principio las represalias del maleducado y bravucón padre de Debhal, pero en absoluto se sentía arrepentida de lo que había hecho. Incluso aquel bofetón le parecía poco castigo para aquel chaval de mente tan retorcida.

Arolgien, el amigo de su hijo, le había dicho que estaban jugando a atraparse y Endegal se había subido a lo más alto del árbol a sabiendas de que nadie era capaz de trepar hasta esas ramas tan finas. Debhal lo había hecho bajar por la fuerza, con una pedrada en la cabeza. Darlya solo vio la caída a través de la ventana de su cocina mientras preparaba un estofado. Al llegar a la escena todavía pudo ver a Debhal escupiendo sobre su hijo.

01. La Herencia

Demonios blancos / Víctor M.M.

Los porrazos contra la puerta aumentaron de intensidad. La cosa no iba a acabar bien.

Antebhal era capaz de todo.

—¡Dame el hacha! —le dijo a alguien.

Los golpes ahora sonaban distintos. La puerta empezó a astillarse.

—¡Que alguien me ayude! —gritó Darlya. Pero sabía que no vendría nadie.

La puerta al final cedió, destrozada. Anthebal entró, hacha en mano.

—¿En serio vas a ofrecer resistencia? —dijo al ver a la mujer armada con un cuchillo.

—¡Fuera de mi casa! O juro por Arkalath que te mato aquí mismo.

Anthebal se carcajeó. Al instante volvió a ponerse serio.

—Pegaste a mi hijo, ahora pagarás las consecuencias.
—Casi mata a Endegal. Todavía está inconsciente. No sé si saldrá de esta.
—Nadie toca a mi hijo, solo yo.
—Sal. De. Mi. Casa. Ahora.
—Voy a disfrutar esto —sentenció, clavando el hacha en el suelo y provocándola para que le atacara acercándosele lentamente.

Ella blandió el cuchillo y consiguió rasgarle una manga de la camisa. Era como una leona defendiendo su camada. Un hilo de sangre brotó del brazo de Antebhal y éste comprendió un poco tarde que no era prudente acercarse a aquella mujer mientras estuviera en condiciones de manejar aquella arma doméstica. La había subestimado, claramente y no iba a jugarse el pellejo por parecer un poco más hombre. Así que se echó atrás, cogió una silla y se la lanzó con violencia. La silla impactó en Darlya y la derribó. Con las manos apoyadas en el suelo, no pudo levantar la que contenía el cuchillo, puesto que Antebhal se la pisaba con firmeza. Horrorizada, vio como Antebhal la cogía por la muñeca y la levantaba. Ella reaccionó rápidamente con un soberbio rodillazo en la entrepierna que lo dejó sin aliento, pero el bruto no la soltó en ningún momento. Aquello lo encolerizó todavía más y le dio un puñetazo en la cara que casi le hizo perder el sentido. Se la echó al hombro y la introdujo en el dormitorio. Mientras la llevaba, de la nariz de Darlya goteaba sangre, trazando en una triste línea discontinua el trayecto hacia su calvario.

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—Te lo hiciste con todos para tener a ese bastardillo tuyo, ¿no? —llegó a oír Darlya en su estado de semi inconsciencia—. Con todos menos conmigo, por lo que veo. Así que vamos a enmendar ese error tuyo.
Endegal, en su lecho, oía gritar a su madre pero estaba demasiado magullado, sus músculos no le obedecían. Sólo pudo llorar en silencio la suerte de su progenitora.


§

Al cabo de tres días, Endegal se recuperó por sí solo del grueso de sus heridas. Muchos habían dudado el que pudiera salir con vida de aquel incidente. Los rumores acerca de brujería se extendieron por las tabernas. Y los aldeanos empezaron a recelar de Darlya. Al anochecer, cuando hubo finalizado la jornada en el campo, Endegal hizo a su madre la pregunta que ella esperaba con tanto temor desde hacía mucho tiempo.

—¿Dónde está mi padre? —preguntó sin levantar la vista del plato. Sabía que la pregunta era incómoda.
—Ya te lo he dicho un montón de veces, hijo. Tu padre murió antes de nacer tú —respondió en un intento de evadir la respuesta como siempre había hecho.
—¿Y cómo murió exactamente?

Darlya había hecho frente a la curiosidad de su hijo en diversas ocasiones, pero esta vez se le antojaba que Endegal no se daría por vencido hasta saber la verdad. Darlya apretó los labios, meditó bien su respuesta y suspiró. Finalmente dijo, midiendo con cuidado sus palabras:

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—A tu padre lo mataron en batalla. Él fue un gran guerrero, ¿sabes? —le sonrió en un intento de parecer despreocupada.
—¿Y cómo se llamaba? Nunca me lo has dicho —le preguntó él. Su curiosidad iba en aumento; sus verdes ojos brillaban con intensidad.
—Eso no importa, hijo mío. Es mejor para todos que no sepas su nombre. Sólo nos traería más problemas.

Darlya entendió que la discusión estaba llegando a un territorio complicado. Esperaba que su hijo se diera por satisfecho.
—Cuando pregunten por mi nombre, ¿cómo tendré que responder? “¿Soy Endegal hijo de un guerrero sin nombre?”.
—¡Por Arkalath, Endegal! ¡Eres Endegal hijo de Darlya! ¿No te basta con eso? —respondió su madre enfurecida—. Créeme si te digo que es mejor para todos que no sepas el nombre de tu padre. Los habitantes de estas tierras ya tenemos demasiados problemas sobre nuestras cabezas como para acarrearnos todavía más complicaciones. —Luego bajó el tono, más amable—. Es mejor dejar las cosas como están, hijo mío. Eres ya mayor. Sabes que el próximo año deberás trabajar las tierras como el resto de los hombres. Eso sólo ya es un trabajo duro, Endegal, no lo pongas más difícil.
—¿Trabajaré contigo, madre?
—No. A las mujeres nos toca recolectar y sembrar cuando es la temporada, o dedicarnos al pastoreo si tenemos suerte —respondió aliviada, pues la conversación había tomado otro curso—. Tú transportarás capazos de tierra y piedras, y cuando seas más mayor, tendrás que arar las tierras o limpiar el terreno de las zonas salvajes.
—¿Eso incluye la tala de los árboles, madre? —preguntó preocupado.
—Exacto. La tala de árboles permite despejar el terreno para poder cultivarlo. Además, la madera obtenida la usamos para construir empalizadas y atalayas en las zonas fronterizas.
—No me gusta que corten los árboles. Los árboles son viejos. Nacieron antes que yo. No hacen daño a nadie y no es justo que los matemos. Me encanta subirme a ellos y esconderme, hacer cabañas. ¿Sabes qué? A veces estoy tan quieto que los pájaros se posan en la rama de al lado y ni se dan cuenta de que estoy.
—Lo sé, hijo mío, es una injusticia, pero ha de ser así. —Se notaba en la voz de ella una comprensión infinita hacia los pensamientos de su hijo—. Tenemos que estar preparados para defendernos en el caso de que se produzca una posible guerra.
—¿Por qué se ha de producir una guerra, madre? —le preguntó—. ¿Son mala gente los fedenarios?
—No menos malvados que nosotros. O eso creo.
—Entonces, no lo entiendo.
—La tierra no da tantos frutos como antes. Las lluvias son cada vez más escasas y la tierra parece agotada. El Rey pide cada vez más tributos. Los ríos reducen su caudal. Tenemos que expandir nuestras fronteras para tener más pastos y alimentos, ¿entiendes? Al reino de Fedenord supongo que debe ocurrirle lo mismo. Nuestros límites se están aproximando alarmantemente a los suyos, lo que crea una sensación de guerra. Ni el Reino de Fedenord ni el Reino de Tharler están dispuestos a ceder un solo palmo de su territorio al otro y expandirnos por las zonas más áridas no sirve. Tenemos que ganarle terreno a los bosques ya que son zonas todavía fértiles. Tenemos que levantar empalizadas para delimitar nuesto territorio.
—Entonces esto no acabará nunca, madre. Cuantas más tierras tenemos, más cerca está la guerra. Y cuanto más cerca la guerra, más tierras necesitamos.
Endegal había asimilado rápido el macabro sentido de todo aquello. Se echó las manos a la cabeza y apretó los dedos enmarañados en su oscura melena.
—De momento solo ha habido ligeros encontronazos entre los dos reinos, pero todo apunta a que un día se declarará una guerra abierta. Cuando ese día llegue ten por seguro que todo será peor aún —le advirtió. Y reflexionando sobre el posible final de todo aquello, añadió—: Y esto sólo puede acabar de una forma: uno de los dos reinos vencerá sobre el otro y todo terminará. Sólo nos queda rezar a Arkalath para que salvemos nuestras vidas.

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Demonios blancos / Víctor M.M.

Endegal quedó aterrorizado ante las palabras de su madre. Ella tenía razón, el nombre y la historia de su padre no tenían ya la menor importancia frente a los acontecimientos que se estaban gestando. Le repudió la idea de que su obligado trabajo fuera en favor de una guerra que ni él ni su madre deseaban. No entendía por qué no podían marcharse de allí, muy lejos de Peña Solitaria, lejos de Tharler, lejos de Fedenord. Y olvidarse de la guerra.

Le costó conciliar el sueño esa noche pensando en todo aquello, y a su madre también le costó hacerlo, pero ella tenía otros motivos. Pensó en su hijo, en las cosas que le estaban sucediendo. Pensó en su rápida recuperación, en su destreza y agilidad, en su amor por la naturaleza —sobre todo hacia los árboles—, en su gracilidad de movimientos, en su buena visión incluso en la noche más oscura, en sus facciones del rostro tan angulosas y marcadas, en sus largas horas de reflexión profunda, en su tendencia a soñar despierto, y comprendió que todo aquello era inevitable.
Todo aquello formaba parte de la herencia de Endegal.

01. La Herencia

“Demonios blancos” y la portada del presente libro son obra de Víctor Martínez Martí y se encuentran bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported.
Para ver una copia de esta licencia, visita http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/.

By Víctor Martínez Martí @endegal