—¡Maldito seas, Endegal! —exclamó dando un fuerte puñetazo en la mesa—. Explícanos de una vez cómo demonios saliste ileso del ataque. ¡Esta vez quiero la verdad!
Las expresiones de ambos eran ya de desesperación. Llevaban largo rato hablando de lo mismo.
—Lo he repetido mil veces —reiteraba Endegal con voz cansina, cansado de que nadie le comprendiera—. Simplemente entendí que ellos defendían su territorio y yo no hice nada para que me atacaran.
—¿Su territorio? ¿No es nuestro ese bosque? —le replicó el Capitán de la Guardia.
—El bosque no pertenece a ningún reino —le respondió—. Territorio salvaje. Mi teoría es que mientras nosotros avanzábamos las fronteras por el este, Fedenord lo hacía inesperadamente por el interior del bosque. Pero no como nosotros, con la tala de árboles, sino instalándose en él.
—¿Eso crees?
—Sí. Han seguido otra estrategia. Si no me equivoco, se han internado en el bosque y han hecho de él un campamento enorme. Tienen una gran habilidad para esconderse entre los árboles y son excelentes tiradores con el arco. Han hecho del bosque una fortaleza inexpugnable.
—Pareces estar de su parte... —le provocó Brunelder.
—Simplemente admiro su visión estratégica —admitió Endegal—. La batalla de ayer lo dice todo. No sufrieron ninguna baja. Ni siquiera llegamos a verles. En cambio nosotros...
—¡Nosotros las sufrimos todas! —le interrumpió violentamente—. ¡Treinta y tres muertos y diez heridos! Todos cayeron menos tú, que ni siquiera estás herido. ¿Cómo explicas eso?
—¿Otra vez? Repito: Sus primeras flechas fueron meros avisos. Como hicimos caso omiso hirieron a los primeros de los nuestros. Nosotros atacamos. Ellos defendieron su posición. vieron obligados a herir a los dos soldados que se internaron. Frente al ataque inminente de nuestros hombres, tuvieron que matarlos o herirlos de gravedad.
—Ya. ¿Y tú?
—No hice nada, salvo advertir a los nuestros que no lo hicieran.
—Y murieron.
—Les advertí.
—¿No es eso una señal indudable de que huiste de la batalla como un cobarde y te escondiste dejando a los nuestros a merced del enemigo? —le recriminó—. ¿O acaso eres un traidor y salvaste el pellejo a cambio de información?
—¡No! ¡Yo simplemente no hice nada! ¡Intuí que era inútil luchar contra ellos! ¡Les advertí y no me hiceron caso! —se defendió Endegal.
—Entonces afirmas que no hiciste nada —dedujo Brunelder—. Nada, salvo ver a tus compañeros y a mis soldados caer como moscas —dijo con tono suave, para luego subir el tono en sus siguientes palabras—: ¿No es así, maldito bastardo? —gritó con más fuerza, y prosiguió de igual modo mientras veía el efecto que sus palabras hacían sobre el aturdido Endegal—. ¿O no es ésa la actitud de un cobarde? ¿No crees que posiblemente sin tú saberlo, dejaste morir a tu padre?
A pesar de llevar un día en Peña Solitaria, el capitán Brunelder se había informado bien de quién era aquel chaval y como buscarle las cosquillas. Tampoco necesitó indagar mucho dada la mala fama que él y su madre tenían en el pueblo.
—Mi padre no se encontraba entre los leñadores. ¡Mi padre lleva años muerto!
Apretaba los dientes y fruncía el entrecejo. No entendía por qué todo el mundo se dedicaba a humillar a los demás. ¿Acaso no estaban todos en el mismo bando? En su caso concretamente, estaba más que harto de que le insultaran a él y a su madre poniendo en duda su honorabilidad. Su mirada esmeralda atravesaba al capitán de la guardia con un brillo de furia contenida, pero Brunelder sabía que esa continencia era tan frágil como el vidrio, y él estaba dispuesto a romperla.
—Entonces crees que el Bosque del Sol es campamento de Fedenord.
Endegal asintió.
—Vaya estrategia estúpida, nos será tan fácil matarlos a todos en ese caso...
—¿Qué? —dijo, estupefacto.
—Le prenderemos fuego al bosque. A ver cómo salen de esta.
—¡No! ¿Estás loco?
—Estamos en guerra, chaval, por si no te has enterado. Ellos nos matan a treinta, nosotros a cientos... quizás miles. ¿Cuántos crees que pueden haber ahí dentro?
—Lo dice en serio, estás realmente loco.
—Lo que sospechaba, estás de su parte —le dijo cogiéndole d ela pechera.
Endegal se horrorizó ante la posibilidad de que el bosque ardiera. La cabeza le iba como un caballo desbocado, los ojos abiertos erráticos. Tenía que pensar algo.
—Estamos en pleno invierno y está siendo de los más duros. Incendiar el bosque será complicado. La hierba verde y húmeda apenas prende.
—Le pondremos empeño.
—¿Seguro? Piénsalo. De entrada, hay dos posibilidades. La primera es que yo me equivoque y en vez de un campamento militar apenas haya una veintena de soldados de Fedenord. Quizás hasta es posible que sean renegados o sea una banda que vaya por libre. ¿Qué conseguiréis? Te lo diré yo: quemar no sin esfuerzo un enorme bosque que a día de hoy nos aporta madera. Si el bosque se quema puede afectar a los campos. Los olivos. Los almendros. Los manzanos. La vid. El maíz. El trigo. Caerá la población de conejos ciervos y jabalíes. Ya vamos muy escasos de comida. El humo, la tierra quemada... Apuesto que le cambiaríamos el nombre al río de cristal por el río negro. Olvídate de los pocos peces que quedan. Puede que eso llame la atención del Fedenord de verdad y nos ataque en pleno incendio o en plena hambruna. Para qué? Ahuyentar a una banda de ladrones que saldrán corriendo a primeras de cambio. ¿Seguro que es buena estrategia?
—¿Y si tienes razón y hay un millar o dos de enemigos ahí dentro? —la sangre de Brunelder empezaba a hervir. Tenía ya el cráneo rojo.
—Entonces no podréis incendiar el bosque. Si es así tendrán muchos puestos de vigilancia, estarán preparados. En cuanto nos vean aparecer con una antorcha caeremos como moscas. Como ayer. Si tenemos suerte y logramos prender la llama en algún lugar del bosque en estos días gélidos, lo apagarán de inmediato. No creo que le condecoren por eso.
Brunelder abofeteó a Endegal y casi le hace caer de la silla.
—¡No te pases de listo conmigo! —amenazó—. ¡Si hace falta esperaré al verano y llevaré a doscientos arqueros con flechas de brea ardiendo solo para ver como arde tu precioso bosque! ¿Me oyes? ¡A la mierda las cosechas! ¡A la mierda vuestro asqueroso río! Ni siquiera soy de este asqueroso pueblo —dijo con desprecio.
Brunelder acercó su cara a la de Endegal, que estaba sentado en una silla y le dijo:
—¿Sabes lo que yo pienso? ¿Sabes lo que piensa toda la gente de Peña Solitaria? ¡Que eres un cobarde! ¡Un maldito bastardo, cobarde y traidor!
Tras decir estas palabras, Brunelder le propinó un codazo a la cara que, esta vez sí, le hizo caer de espaldas. La silla emitió un sonoro crujido al chocar contra el entarimado.
Apenas tocó el suelo y el joven Endegal ya se había levantado. Con los puños cerrados y la nariz sangrante, miraba a Brunelder con un odio inmenso.
—Estás molesto, ¿verdad? —le provocó Brunelder—. Sí, lo veo en tus ojos. Te gustaría matarme ahora mismo, ¿me equivoco?
Brunelder iba paseándose, rondando a Endegal, cual lobo con su presa, mientras esperaba una respuesta. Pero éste únicamente se limitaba a mirarlo fijamente a los ojos. No dio rienda suelta a sus impulsos que Brunelder había adivinado, ni tampoco dejó que palabra alguna manara de sus propios labios. No iba a caer en más provocaciones. O eso pensaba.
—Me ha dicho tu instructor de esgrima —continuó el Capitán— que eres muy bueno con la espada. También me han contado el incidente de hace días con uno de mis soldados, muchacho. ¿Sabes una cosa? Tengo entendido que Debhal... ese amigo tuyo —dijo con sarcasmo—, es también bastante bueno. Aunque él, por lo menos, pone todo su empeño en entrar en las filas de mi ejército. Sin embargo tú, con tu actitud cobarde y ensalzando al enemigo... —dejó la frase sin terminar y dejó que pasaran unos segundos de tenso silencio—. ¿Quieres hacerme una exhibición de tus habilidades, muchacho? —le sonrió, pero Endegal continuaba mirándole impasible.
—¿No quieres la oportunidad de darme una lección de esgrima?
Endegal apretaba los dientes sin apartar su mirada del Capitán.
Claro que lo deseaba, quizás no matarlo, pero sí darle una buena lección. ¿Pero qué pretendía Brunelder? Una excusa para acabar con él. Su madre también sufriría las consecuencias.
—Teniente, por favor —dijo Brunelder cuando se giró hacia uno de los soldados de la Guardia que estaban presentes en la habitación—. Déle su espada a este malnacido —ordenó.
El teniente desenvainó su espada y se la arrojó a los pies del joven. Endegal sólo desvió unos instantes sus ojos hacia abajo para observar la espada y volvió a atravesar con su mirada al Capitán del Ejército de Tharlagord.
—Vamos... Es tu oportunidad —le dijo.
Endegal no se movió ni un pelo.
—Coge esa espada o te mato aquí mismo.
Endegal no se movió ni un pelo.
Se volvió hacia sus soldados y dijo para el público en general—: Que quede claro a los presentes que si este bastardo logra matarme, quedará libre de toda culpa o castigo —todos asintieron ante aquellas osadas palabras—. ¿Y bien? —preguntó volviendo a mirar al muchacho, esperando respuesta.
Endegal no se movió ni un pelo.
—Está bien, tú lo has querido.
Brunelder desenvainó su espada y lanzó un espadazo hacia Endegal. Éste lo esquivó de milagro, seguramente porque estaba preparado para cualquier cosa. Brunelder arremetió de nuevo y Endegal se decidió por rodar por el suelo y hacerse con la espada del teniente. Logró bloquear el ataque.
—Así me gusta —dijo Brunelder—. A ver lo que sabes hacer con eso.
Y lo fue tentando con estocadas sencillas que Endegal desviaba con facilidad. Aumentó velocidad y probó con otros ángulos. Endegal se defendía bastante bien.
—Sí... eres bueno chaval... Tu padre estaría orgulloso. ¿Cómo se llamaba?
Le pudo la rabia y se abalanzó sobre Brunelder. Estaba muy harto ya y no parecía tener otra salida que seguirle el juego. ¿Quería verle en acción con una espada en la mano? Pues bien que lo iba a ver. Lanzó una estocada mortal al corazón de Brunelder, pero éste desvió el ataque con suma facilidad con un movimiento lateral. Endegal volvió a la carga, asestándole un golpe descendiente directo a la cabeza, a lo que el Capitán respondió parando el ataque con su espada en horizontal. Brunelder empujó entonces a Endegal con tal brutalidad, que éste chocó de espaldas contra la pared. Fue entonces cuando realmente se dio cuenta de que Brunelder era mucho más alto y corpulento que él, y que tenía más fuerza. Si hubiera pensado un segundo más, se habría dado cuenta de que le superaba también en habilidad con el hierro, pero la ira le había cegado y continuaba con la venda puesta. Hubo un intercambio de estocadas y esquives, hasta que Endegal arrinconó contra la pared al Capitán. Los aceros quedaron cruzados entre ellos dos, y sus caras apenas distaban un palmo.
—Joder si eres bueno... —le alabó Brunelder bufonamente—. ¡Pero sigues siendo un perro cobarde!
La diferencia de fuerzas era aplastante. Volvió a empujarlo y esta vez lo derribó. Endegal cayó al suelo tres metros más atrás.
El fornido Brunelder cargó de nuevo con fuerza, pero el joven tendido en el suelo, se levantó a una velocidad pasmosa. Los aceros volvieron a encontrarse. En ese momento comenzó una ráfaga de estocadas y molinetes por parte del Capitán, de las que Endegal sólo podía defenderse con bastantes apuros y retroceder. Pronto comprendió que no encontraría ninguna brecha en las defensas del Capitán. Haría bien centrándose en su propia defensa. Quedó demostrado que Brunelder no había llegado a capitán de la Guardia por casualidad, pues una estocada hincó su espada en el hombro izquierdo de su rival. Endegal hizo una mueca de dolor, pero su orgullo le impidió soltar gemido alguno. No obstante, contestó con una lluvia de estocadas similares a las que su oponente le había regalado instantes antes.
Pero a diferencia de Endegal, Brunelder no retrocedía ni un paso. Parecía controlar la situación, aguantando y esquivando los ataques del enfurecido pero cansado muchacho con suma facilidad. Cuando a Endegal le pareció vislumbrar una oportunidad de alcanzar el cuerpo de su adversario, le lanzó una estocada hacia el costado derecho. Brunelder anticipándose a su movimiento adelantó su pie izquierdo y pivotó. Durante medio segundo la capa azul marino ondeó ante la visión de Endegal mientras su enemigo se situaba detrás de él. Acabando Brunelder su movimiento giratorio, rasgó la espalda del joven en una perfecta diagonal.
Tambaleándose, con su vestimenta sangrante y hecha harapos, Endegal se apoyó sobre la mesa quedándose por primera vez de espaldas al Capitán de la Guardia de Tharlagord.
Endegal cogió aire y se giró, embistiendo a su oponente con todas sus fuerzas pero se encontŕo con el puño de Brunelder en su rostro, cayó al suelo y una nube negra lo envolvió, quedando todo en un absoluto silencio.
§
Un frescor húmedo dio paso a un leve escozor en la mejilla que le despertó de las tinieblas. Entreabrió un ojo y vio una mancha borrosa que poco a poco se fue convirtiendo en el perfil de su madre. Observó sus ojos lagrimosos a la luz de la candela; había anochecido y se encontraba en su casa, a salvo. O eso pensaba.
—Sufro por ti, hijo mío... —le decía su madre—. Siempre he intentado mantenerte alejado de los problemas... Pero veo que mis esfuerzos han sido en vano.
—Madre, yo... —intentaba excusarse Endegal mientras se incorporaba dolorosamente.
—Tampoco es culpa tuya, Endegal... Arkalath lo sabe. —Darlya continuaba limpiando las heridas del cuerpo de Endegal con un paño húmedo—. Ambos sabemos que no se puede razonar con esos brutos. Esperan la mínima oportunidad para buscar pelea. Ahora que la Gran Empalizada impide los pequeños altercados con Fedenord, no tienen más remedio que descargar sus iras con nosotros. Lo que más me duele —prosiguió— es que incluso nuestra propia gente se divierte con todo esto. Se mofan del perjudicado y rezan a Arkalath para que cuando les toque a ellos puedan presumir de que lo suyo no fue tan duro como lo que le sucedió a su vecino. Olvidados han sido ya aquellos tiempos en los que sólo nos preocupábamos de las incursiones de los orcos.
—¿Cómo hemos llegado a esto, madre?
Ella apretó los labios y lo miró conteniendo las lágrimas; de pronto una parte de su vida había venido a la memoria; un capítulo de su vida que prefería olvidar, pero que por otra parte no se arrepentía lo más mínimo de haberlo vivido. De haber hecho lo que hizo.
—No lo sé, hijo mío. Nos estamos volviendo poco a poco más crueles y despiadados.
Endegal la cogió de ambos hombros y respondió totalmente convencido:
—Nosotros no, madre. Nosotros no.
Continuaron la conversación durante la cena acerca de lo que había ocurrido ese mismo día, hasta que oyeron unos ruidos extraños en una de las habitaciones. Darlya asió un cuchillo y entró en la oscura estancia imaginando lo peor. Advirtió que alguien estaba tras la ventana, la cual quedaba detrás justo de la fachada de la casa. El intruso la estaba abriendo. Darlya se maldijo a sí misma por haber olvidado correr aquel pasador. Se acercó con prudencia a un lateral de la ventana, con la espalda pegada a la pared y el cuchillo bien elevado, dispuesta a clavarlo en el cuello o la espalda de aquel rufián. Podría ser Antebhal. O peor: alguien de la Guardia de Tharlagord arrepentido de haber dejado a su hijo con vida, y aprovechar ahora que estaba débil para rematarlo. La sombra se asomó al interior de la casa. Darlya, dudando entre matar o herir a aquel intruso, tuvo el tiempo justo para oír los gritos de su hijo Endegal a tiempo.
—¡Quieta madre! ¡No lo hagas! —gritó.
El cuerpo del intruso estaba ya casi dentro, pero se inmovilizó al oír el bramido del joven y percibir que tenía a la madre de éste con los ojos desorbitados y blandiendo una reluciente hoja que amenazaba con acuchillarle la espalda.
—Ahora, Arolgien, entra despacio... —dijo Endegal con aparente calma.
Endegal se acercaba poco a poco desde fuera de la habitación, con un caminar torpe aún por su cuerpo entumecido.
—Y explícanos a qué viene esta intrusión en nuestro hogar —continuó.
Arolgien estaba perplejo. Entró con sumo cuidado, controlando por el rabillo de ojo los movimientos de Darlya. Se levantó y se alisó nervioso las arrugas de su ropa. La situación era realmente incómoda.
—¡No he venido a robaros, os lo juro! ¡Ni siquiera voy armado!
Sus explicaciones parecían convincentes, pero la madre no soltaba su arma.
—¡El asunto que aquí me trae es de suma importancia! —dijo en su favor.
—¡Debe serlo cuando has intentado entrar a escondidas! —inquirió ella.
—Déjale hablar, madre.
Arolgien cogió aire y empezó a explicarse:
—Ha habido una asamblea extraordinaria esta tarde —les dijo—. Han asistido todos los supervivientes del ataque del bosque, algunos soldados, el Portavoz del pueblo y por supuesto el Capitán de la Guardia. Todos han dado su versión de los hechos. ¡Yo hablé en tu favor, Endegal, te lo juro! ¡Les dije que la catástrofe era inevitable! Pero entonces intervino Debhal, diciendo que tú nos impediste salir tras los fedenarios. —Interrumpió aquí el relato como si el final fuera previsible.
—¿Y? —le instó Endegal a proseguir.
—Mañana se convocará un juicio en tu contra. ¡Por Arkalath! ¡Se te acusará de desertor y traidor!
—No tienen pruebas de eso. Ayudé alos heridos. ¿Ninguno de ellos se puso de mi parte?
—¿Estás sordo, amigo? Solo yo me puse de tu parte... al principio, y cuando vi que era una caza de brujas me callé... Lo siento, soy un cobarde, pero, ¡Arkalath bendito! vi mi vida en peligro. Por eso entré por la ventana —se excusó—. Espero que nadie me haya visto. Si alguien ha sido alertado de mi presencia aquí y sabe que he venido a avisarte... —concluyó asustado. Un sudor frío le recorrió el cuerpo sólo de pensarlo.
—Muy bien, de acuerdo, Arolgien —le dijo Darlya—. Hiciste bien. Gracias a eso has podido venir a avisarnos. Te estamos enormemente agradecidos. Ahora vete a tu casa con más prudencia que con la que aquí llegaste. ¡Vete!
Arolgien dudó un instante. Endegal se le acercó y lo abrazó.
—Gracias, amigo. Vete antes de que sea tarde.
Arolgien asomó la cabeza por la ventana, oteó para asegurarse de que nadie le veía y salió por donde había entrado con el máximo sigilo que su tembloroso cuerpo le permitía. Darlya agarró con fuerza la cabeza de su hijo con ambas manos, la encaró a la suya, le miró a los ojos y le dijo:
—Es tu turno.
—¿Qué?
—Debes marcharte, Endegal. ¡Ahora! O acabarás muerto, ¿me entiendes? Y no podría soportar eso. —Su hijo comprendió que no era una recomendación. Era una orden.
—Pero madre, ¿adónde podría ir? Al sur está Fedenord, y al norte la ciudadela de Tharlagord. En cualquier poblado vecino me encontrarían, y al noroeste, si es que consigo salir de Peña Solitaria, está el desierto de piedra. Todo el mundo sabe que nada con vida hay allí, ni siquiera refugio.
—¡No pretendo que cruces el desierto de piedra, hijo! —le interrumpió.
Darlya rebuscó en un viejo arcón sepultado de ropa vieja. Metió la mano hasta el fondo y localizó un pequeño bulto envuelto en una delicada tela verde. Lo abrió y se percibió el reflejo plateado de un colgante con su cadena del mismo material.
—Quizás debí obligarte a hacerlo mucho antes —confesó ella—. Creí que podría protegerte si estabas cerca de mí, pero ahora me doy cuenta de que retenerte aquí fue un error. Un error que nunca me perdonaré si te matan. Nada más puedo hacer por ti que guiarte hacia tu verdadero destino del que siempre he evitado hablarte.
—¿De qué me hablas, madre? —preguntó Endegal, todavía absorto.
—Irás al Bosque del Sol —le dijo—. Y llevarás esto contigo.
Le colocó el colgante en el cuello. Era un disco plateado, en el que estaba grabado en relieve un árbol. Encima de éste había un pedazo circular de ámbar. Endegal enseguida comprendió que simbolizaba al sol. En la zona más exterior del disco plateado se podían apreciar unas extrañas grafías que lo rodeaban; una especie de runas arcanas, un alfabeto ininteligible para él.
—¿Al Bosque del Sol? ¿Por qué debería...?
—Al Bosque del Sol... —le interrumpió su madre—. ¡Bien adentro!
Si no la conociera, Endegal hubiera jurado, por la expresión de su rostro, que su madre estaba completamente loca. Sus ojos desorbitados y el tono apremiante de sus palabras eran propios de una persona que no estaba del todo en sus cabales. Pero muy bien podría ser también la expresión de una madre desesperada, y así lo entendió Endegal.
—¡Debes marcharte ahora! —le apremió ella—. Este colgante me lo dio tu padre. Él vivía en el Bosque... él era un hombre de los bosques. Debes llevar este colgante bien visible, Endegal. Y reza para que ellos lo reconozcan a tiempo. Es tu única oportunidad. Los visitantes ajenos al Bosque hoy día no son bien recibidos, como bien hemos podido comprobar. Si llegas a conocerles en vida, cuando pregunten tu nombre, debes decirles que eres Endegal... hijo de Galendel.
—Galendel... —murmuró atónito. Era la primera vez que oía el nombre de su padre—. ¿Un hombre de los bosques? ¿Y por qué...?
Pero de nuevo su madre no le dejó terminar de hilar sus pensamientos.
—Tendrás tus respuestas a su debido tiempo. ¡Ahora no puedes permanecer mucho más aquí! Aprovecha la oscuridad de esta noche sin luna para huir. Puede que ellos te cuenten lo que desees saber o puede que no... En todo caso no hay alternativa, hijo mío. Debes partir ahora mismo.
—¿Y dejarte aquí? —No le gustaba esa parte del plan.
—Mi lugar está aquí, hijo mío. Yo no sería bien recibida allí adonde vas, pero tú... Tú tienes su sangre, te aceptarán —. Antes de que Endegal pudiera decir un "pero", agrego—. Brunelder sólo quiere tu cabeza, no la mía y sería un estorbo en tu huida. ¡Vete ahora!
—¿Y cómo les encontraré, madre?
—Ellos te encontrarán a ti.
—¡Madre, no puedo dejarte aquí! Tienes que contarme aún muchas cosas...
—Sólo necesitas saber que tu padre y yo siempre nos quisimos. Solamente necesitas saber eso y que siempre te tendré en mi corazón estés donde estés.
—¡Adiós pues, madre! —dijo con ojos vidriosos.
—¡Que Arkalath te proteja, hijo! —Darlya también lloraba.
Y Endegal salió de la casa donde se había criado y vivido hasta entonces. Había cogido su arco, el carcaj con veinte flechas, un cuchillo, un mendrugo de pan y algo de fruta. Apretó fuerte el colgante plateado sobre su pecho, pues en él encontró la fuerza de su padre, que ya no era un fantasma para él y giró la cabeza para ver por un instante a su madre. Al ver sus ojos en la oscuridad, Darlya no podía recordar cuál fue la última vez que vio llorar a su hijo. Cayó en la cuenta de que así era porque Endegal nunca lo había hecho, ni siquiera al nacer. Aún le llegó a sus oídos, un murmuro desde la oscuridad, salir de la boca de su hijo:
—Juro que volveré y te sacaré de aquí.