No sabía muy bien en qué punto del bosque se encontraba, aunque tampoco tenía una idea de cuál era el tamaño real del bosque. Supuso que estaba todavía cerca de donde había entrado, pero no reconocía la zona en absoluto. A pesar de que desde pequeño su madre le decía que el bosque era muy grande, él nunca lo había cruzado, ni sabía de nadie que lo hubiera hecho, aparte de los orcos. Pudo observar que la fauna era abundante, así que pensó que mejor sería cazar algo para comer y reservar sus víveres para más adelante, pues podría necesitarlos en otra ocasión más desfavorable.
Volvió a por el arco que había llevado y el cuchillo, pero se quedó atónito cuando descubrió que nada de lo que había dejado bajo las raíces de aquel árbol estaba ya allí. Buscó y buscó en torno al árbol, pero no encontró el menor rastro de sus pertenencias. Le pareció imposible que alguien hubiera llegado sin ser visto ni oído, porque él no se había alejado lo suficiente como para no advertir la presencia de nadie que pudiera haberle robado sus cosas. Miró alrededor y en la copa de los árboles colindantes.
Nada.
Observó el suelo en busca de huellas u otro tipo de rastro. Nada. Él no estaba instruido en el difícil arte del rastreo, pero por la dirección de las únicas marcas que pudo distinguir, supuso que sólo se trataba de sus propias pisadas.
Estaba pensativo, absorto por la situación con la mirada perdida al suelo cuando de pronto sus ojos enfocaron la base del árbol.Eran realmente extrañas y retorcidas las formas de aquellas raíces. Miró hacia las raíces de los otros árboles. Eran igualmente extrañas. Un pensamiento absurdo pasó fugazmente por su cabeza, pero lo desechó al instante. Daba igual qué ser le había arrebatado sus pertenencias, debía moverse de aquel lugar si quería encontrar a los hombres de los bosques algún día, así que anduvo en línea recta, hacia el sur, en busca de algún sendero, guiándose por la posición del sol.
Por el camino se fue alimentando con las bayas y moras silvestres que apaciguaron un poco su hambre. Se topó, al cabo de un rato, con una delgada y casi oculta senda. Eligió la dirección que supuso le llevaría más hacia el sur. La senda se iba entrecruzando con otras sendas similares. Ante el dilema que se le planteaba cuando veía bifurcaciones, procuró seguir siempre las sendas más anchas, suponiendo que serían las más transitadas. No obstante, a menudo notaba como un fulgor extraño que lo llamaba en otra dirección, pero no se atrevió a seguirlo. Se contaban historias de duendes y brujas que atraían a los viajeros con cosas brillantes o canciones hipnotizantes para hacerlos prisioneros, descuartizarlos y comerse sus órganos. Endegal nunca creyó esas fábulas, pero en ese momento decidió que mejor no tentar a la suerte.
Mientras andaba, continuó buscando alguna clase de huellas durante largo rato, cuando al fin se encontró con unas pisadas más profundas que las de él mismo, y observó que éstas eran realmente extrañas. Había varias huellas de pies y creyó contabilizar de cuatro a seis componentes. Con los latidos de su corazón acelerados por la emoción cruzada de temor y esperanza, decidió seguir aquel rastro. Tras recorrer una larga curva del sendero, el viento le trajo un tenue olor familiar. Familiar y lejano, muy lejano en el tiempo. Pero en un principio, su fino olfato no supo recordar dónde había olido aquello antes. Siguió tras la pista de las extrañas pisadas.
A medida que avanzaba, aquel olor se hacía más intenso. Más intenso y más desagradable, hasta que de repente, una imagen estalló en sus recuerdos: lo que él imaginó una vez que era un orco. Aquel cuerpo sucio y tendido que vio muerto cerca de la entrada de ese mismo bosque, hacía ya muchos años y que apestaba de igual modo. ¿Eran esta inmunda raza los propietarios de esas huellas que él seguía? ¿Le habrían robado ellos sus armas y provisiones? ¿Conocerían a los hombres de los bosques?
Esta vez sus pasos redujeron la acelerada marcha que habían llevado hasta entonces. Si no le había importado hasta ahora ser visto, sí notó que sus emociones estaban cambiando y tomó las debidas precauciones para no ser descubierto hasta que no averiguara más sobre la identidad de aquellos seres. Poco rato después, ya vislumbraba a lo lejos sus oscuras figuras y escuchó algún que otro gruñido. Por el ritmo de aquellos sonidos guturales, comprendió que conformaban un lenguaje propio. Aquellos seres debían de ser orcos, y aquellas, sus pisadas. Cuanto más se acercaba, más repudiaba a esas criaturas. Pero, ¿orcos a plena luz del día? ¿Era eso posible? ¿También serían capaces de trepar a los árboles en contra de lo que se decía de estos seres?
Estaba ya muy cerca. Ya podía verlos con claridad. Eran siete y si no eran orcos eran primos hermanos. Dos de ellos llevaban algo colgando de un largo leño. No tardó en discernir que se trataba de un ciervo muerto. Los observó a todos. Su vestimenta básica se componía de cuero y elementos metálicos combinados de la forma más abigarrada posible. No guardaban ningún patrón estético y Endegal dudó si funcional. No existían simetrías ni ningún orden conocido. Uno de ellos tenía un collar reluciente, parecía ser el cabecilla. Aún bajo el evidente peligro, Endegal les siguió, guiado no sabía muy bien por qué extraño motivo.
Pronto llegaron a un claro y se detuvieron, dejando seguidamente su presa en el centro del claro y se sentaron alrededor de ella. Dos de ellos, el del brillante collar y otro, empezaron a comer cortando con las cimitarras las extremidades traseras del animal para devorarlas completamente crudas a dentellada limpia, como lo haría un animal depredador. Si esto le dio ganas de vomitar a Endegal, lo que vio a continuación a punto estuvo de echar a perder su escaso almuerzo de bayas silvestres. Los otros cinco se echaron sobre el cadáver inerte del ciervo como si de una manada de lobos desesperados se tratase. Se empujaban unos a otros, disputándose un sitio en la improvisada mesa que era el suelo, y se peleaban por las carnes más tiernas.
Uno de ellos le soltó un puñetazo al otro, el cual le contestó hiriendo en el rostro a su compañero de comida con una daga. La escena hizo que a Endegal se le erizaran los pelos. Todas las historias que había oído sobre aquella raza se quedaban cortas frente al espectáculo que estaba presenciando.
Estaba absorto con la escena cuando, de pronto, escuchó un ruido por detrás de él y muy cerca. Una sombra se le abalanzó encima. Un octavo orco, oculto o retrasado, le había visto. A Endegal le salvaron momentáneamente la vida sus reflejos, pues casi instintivamente pudo detener, mientras se giraba, muñeca contra muñeca, el avance de un gran cuchillo que descendía con furia hacia su cuello. La embestida les llevo a ambos al suelo, pero Endegal se llevó la peor parte, pues quedó debajo del orco atacante con el cuchillo a poca distancia de su rostro, aunque por suerte continuaba manteniéndolo a raya, observando las incontables muescas y el óxido de la hoja del cuchillo. En el forcejeo, la herida de su espalda se le abrió de nuevo, y en su semblante se dibujó una mueca de dolor. El cuchillo se acercó un poco más a sus ojos.
El orco babeaba de placer. Su saliva hedionda le caía sobre la mano que contenía el cuchillo, y de éste a la cara de Endegal. Por si la situación no fuera lo suficientemente apurada, escuchó los pesados pasos de los otros siete orcos que se acercaban a toda prisa alertados por el barullo de la lucha. Era un fin demasiado horrendo el que le esperaba.
Con la mano libre, Endegal tanteó frenéticamente el terreno buscando algo duro con lo que golpear a su atacante, pero no encontró nada aceptable. El orco se dispuso a aprovechar su peso para hacer avanzar el cuchillo y dio un empellón hacia abajo. Endegal aprovechó ese momento para empujar su muñeca hacia un lateral y el cuchillo falló clavándose en el suelo y el orco perdió el equilibrio y rodo lo justo para que el muchacho se incorporara, avistase ahora sí un buen pedrusco y le atizara con él en todo el rostro. El orco estaba ahora cuatro patas, se levantó tambaleando intentando recobrar el sentido del equilibrio. Otra pedrada en la sien lo dejó ya del todo inconsciente en el suelo, pero cuando Endegal alzó la mirada, tenía a los otros siete rodeándole y mostrándole armas dientes, todavía ensangrentados por el macabro banquete. Tragó saliva. Ahora yo soy el ciervo, pensó inevitablemente.
Se fijó en el supuesto cabecilla y un pensamiento absurdo le vino de pronto. Le hizo una señal de calma. Le enseñó el collar que le había dado su madre. La reacción de los orcos no fue la que él esperaba, se alteraron mucho más y empezaron a rugir y a estrechar el círculo, más amenazantes que nunca.
Sólo tenía una oportunidad: intentar salir del círculo mortal antes de que se cerrara todavía más.
Eligió a un orco armado con un garrote, pensando que mejor recibir un golpe que un tajo. Corrió rápido hacia aquella bestia, sorprendida por la reacción del humano, y lo embistió con su cuerpo. Recibió un garrotazo en el costado, pero cuando cayeron al suelo, él quedó en la parte exterior del círculo y se dispuso a correr como un gamo en apuros. Apenas se levantó volvió a besar el suelo. Una garra le había atrapado el tobillo. Con su pierna libre le atestó una patada en el rostro de su opresor y se liberó. A pesar de sus esfuerzos por escapar, observó amargado que los otros se le echaban ya encima.
El primero alzaba su lanza para hundirla en el pecho de Endegal, pero cayó fulminado al recibir una flecha en la nuca que le atravesó el cuello. Los otros se quedaron estupefactos y se volvieron para ver a su nuevo adversario, mas lo que vieron fue otra flecha salir desde la copa de un árbol e impactar en el pecho de otro de los suyos. Endegal, en el suelo, ya veía perfectamente a los dos arqueros apostados en las cimas de dos árboles estratégicamente separados. Los cinco orcos que quedaban en pie, sin verlos, intuyeron su posición y corrieron para ponerse a cubierto. Dos flechas más alcanzaron sus objetivos al unísono, incrustándose en las respectivas espaldas.
Endegal se apresuró a coger la lanza del orco caído y se la lanzó al orco que huía despavorido y le acertó en una pierna. Los misteriosos arqueros se hicieron unas señas casi imperceptibles, en un código perfeccionado por el hábito de la lucha. Cada uno apuntó a uno de los dos últimos orcos ilesos que creyeron estar a salvo. Endegal vio desaparecer a sus misteriosos salvadores entre el follaje, tras leves movimientos de ramas y hojas. Los orcos estaban desconcertados y ya no sabían dónde esconderse. Las flechas les impactaron desde dos ángulos distintos y las bestias perecieron en el acto.
Los dos que quedaban heridos lograron levantarse y por un momento pensaron que tenían una oportunidad. Lo último que se les pasó por la cabeza fueron sendas flechas, a pesar de que uno de ellos iba equipado con un casco.
Los misteriosos arqueros bajaron de los árboles con suma gracilidad. Se acercaron hasta Endegal, uno de ellos con su arco destensado y a su espalda, con aire confiado. El otro, sin embargo, rezumaba desconfianza. Éste último habló:
—¿Quién eres y qué buscas? —le preguntó en un acento extraño que dotaba sus palabras de cierta musicalidad.
—Soy Endegal, hijo de Galendel... —dijo él mientras se sacaba el medallón plateado que su madre le había dado el día anterior y lo mostró—... y busco a los hombres de los bosques, clan al que perteneció mi padre, en este mismo bosque.
—Entonces, Endegal —dijo el que parecía más amigable. Se escarbó entre sus ropas y sacó un colgante que resplandeció al reflejo del sol. Era idéntico al suyo y quedó bien visible—, puedes estar seguro de que has encontrado aquí tus raíces.