Hasta que no caminaron un poco más, Endegal no pudo distinguir el origen de aquel extraño resplandor. Fue más adelante cuando descubrió que se trataba de un gigantesco disco plateado que de algún modo permanecía fijado muy arriba, en el tronco de un enorme árbol. En el disco, grabado, había un árbol que reposaba bajo una piedra de ámbar esférica engastada. Era una réplica enorme del colgante que le había dado su madre, un colgante que los dos elfos que le encontraron habían llamado émbeler. El enorme disco fue lo primero que le atrajo de Bernarith’lea, pero cuando el embrujo de tal bella visión lo abandonó, se dio cuenta de que el gigantesco árbol que lo contenía era bastante peculiar, y estaba situado en el centro de un enorme claro del Bosque.
Como si la Madre Naturaleza hubiera sido plenamente consciente en su construcción, el aspecto del claro era como una enorme plaza techada. Los árboles de los alrededores crecían altos, y las ramas más altas se enmarañaban entre ellas para formar un techo abovedado que dejaba pasar bastantes rayos de luz, pero tampoco demasiados. La primera impresión del joven Endegal fue que este techo natural parecía sostenerse milagrosamente por un pilar central; el gran árbol.
—Increíble... —murmuró Endegal, observando de nuevo la techumbre natural de la plaza—. No tengo palabras para describir tal maravilla.
—Arbgalen, el que contiene Los Cuatro Émbeler —empezó a explicarle Telgarien, cuando Endegal se percató de que realmente habían cuatro grandes émbeler, apuntando a norte, sur, este y oeste—, es el hogar de la Dama de Bernarith’lea, la máxima autoridad aquí.
Por la plaza correteaban niños elfos —aunque pocos, comparado con la multitud adulta—, mientras otros de mayor edad paseaban, componían canciones, dibujaban, pintaban lienzos, realizaban labores de alfarería, costura y otros quehaceres manuales y artísticos. Todo al aire libre. No podria decirse que había bullicio porque todo el mundo se comportaba con tranquilidad, educación y respeto, pero al entrar Endegal en escena, se hizo un silencio incómodo. Todos los que estaban más o menos atareados pausaron sus actividades. Los que estaban simplemente tumbados disfrutando de una mañana soleada se incorporaron para verlo con detenimiento. Endegal cayó en la cuenta de que él era el único que tenía los cabellos oscuros; los elfos que veía los tenían todos extrañamente plateados o dorados. Se incomodó un poco. Se sintió extranjero en tierra extraña. Los elfos, por su parte, también lo veían a él con cierta fascinación. O tal vez desconfianza.
—Tranquilo —le dijo Telgarien—. No todos los días se tiene a un humano tan cerca.
Siguieron avanzando hacia la base del Arbgalen. A medida que se acercaban, su tamaño imponía más.
Luego señaló a los árboles que estaban alrededor.
—Y estos de aquí conforman el resto de aldabar de nuestros hermanos elfos.
—¿Aldabar?
—Nuestros hogares en los árboles.
Dos largas plataformas subían en espiral alrededor del árbol central a modo de hélice. Conectaban también estas rampas con los árboles circundantes, que servían como casas para los elfos más representativos de la Comunidad. Los elfos utilizaban estas plataformas para acceder a hogares-árbol y visitar a sus vecinos. Estas casas estaban formadas por ramas y troncos amarrados mediante cuerdas entre sí y a las ramas del árbol que las contenían. A los ojos de Endegal, eran como los nidos de algún pájaro gigantesco.
—Hay algo que no entiendo —expuso Endegal—. Esos cuatro émbeler emiten un destello a gran distancia. Yo mismo lo vi mucho antes de llegar aquí. ¿Lo utilizáis para localizar Bernarith’lea, a modo de faro?
—Es tal y como supones —le confirmó—. Este Bosque es inmenso, Endegal. El reflejo de Los Cuatro nos orienta en nuestra aproximación sin sendas, aunque muchos nos conocemos el camino de memoria, el bosque es muy grande.
—Entonces, cualquier extranjero que siga el reflejo de los émbeler, puede encontrar Bernarith’lea —razonó él—. ¿No es eso una imprudencia para la ciudad secreta de los elfos?
—Tú tuviste la suerte de ver el reflejo de Los Cuatro porque en tu poder tienes el émbeler de Galendel, tu padre. Toda la Comunidad de Ber’lea posee el suyo propio. El Reflejo sólo puede verlo el poseedor de un émbeler. Al contrario, sin émbeler Los Cuatro pueden desorientar incluso a un elfo poco experimentado y bien podría pasar de largo.
Al oír esto, Endegal se quitó su colgante del cuello y percibió que la luminosidad de Los Cuatro desaparecía. Aunque el brillo continuaba siendo el de la mismísima plata pulida, su luz no era ahora tan penetrante ni tampoco tan hermosa. Volvió a colocárselo y apareció de nuevo ese resplandor intenso, pero de ningún modo molesto para sus ojos. Se percató también, que la contemplación del Reflejo le subía el ánimo, le alegraba y le daba esperanzas para afrontar el incierto futuro con garantías.
Siguió observando la armoniosa arquitectura éfica. En ningún caso se herían a los árboles, puesto que no se usaban clavos ni se realizaban hendiduras sobre sus troncos. Bordeando el perímetro circular de la plaza había un muro bajo de piedra, sobre el que algunos elfos aprovechaban para sentarse.
Tanta belleza había en aquella civilización que le parecía a Endegal obsceno que se guardara con tanto celo de la visión del resto del mundo. Aunque pronto recordó cómo era ese “resto del mundo” y acabo convenciéndose que la obscenidad hubiera sido precisamente que se profanara aquella hermosura con la presencia de seres inmorales. La cordura y sabiduría que allí se respiraban parecía la panacea para curar los males del Reino de Tharler. Aquellos seres tenían tanto que enseñar... De repente se sintió a la vez afortunado e indigno de estar pisando aquella tierra y contemplar tal maravilla.
Pero a pesar de que todo aquel entorno le tenía embelesado, había una cuestión que todavía no le encajaba. ¿Cómo era posible que aquella aldea de elfos nunca hubiera sido descubierta por los hombres? No, por muy escondida que estuviera la ciudad de los elfos, por muy inaccesible que pareciera, por muchos embrujos existentes, aquella aldea debía de cumplir un requisito básico: el suministro de agua. Darlya le había explicado a Endegal, cuando todavía era pequeño, que las aldeas siempre se formaban cerca de los ríos, arroyos o lagos. Era el principio básico. Si la hermosa aldea de Bernarith’lea tuviera un río cerca, entonces, habían muchas posibilidades de que alguien, siguiendo su curso, pudiera encontrarla.
—¿Y de dónde sacáis el agua? —preguntó—. ¿Acaso pasa algún río cerca de aquí?
—Bueno, el Río Curvo atraviesa una buena parte del Bosque del Sol, aunque pasa más cerca del extremo sur —le explicó el elfo.
—¿Entonces?
—Ven —le dijo—. Te lo enseñaré.
§
Le llevó por una senda empedrada hasta un poco más allá de la plaza techada. Entraron en un jardín de hermosas plantas que se combinaban entre sí formando espectaculares mosaicos de color. No menos impresionantes eran los árboles tan extrañamente dispuestos y los finos conductos de piedra que se ramificaban de acá para allá. Orquídeas, amapolas, jazmín, y otras flores exóticas llenaban el ambiente de una fragancia embriagadora. Allí debía de haber mucha agua para mantener aquel espléndido jardín, pensó, pero Endegal no habría imaginado la verdad ni en sueños. Telgarien se acercó a una figura de piedra y metió la mano en su superficie. Era una especie de pileta, pues al sacar su mano de ella, mostró que contenía agua y bebió. Le explicó que los árboles y arbustos estaban así dispuestos por una razón lógica; sus hojas recogían y, de una manera que le pareció imposible, dirigían el agua de lluvia y del rocío hacia unos pebeteros como aquella pileta tallados en roca donde se almacenaba. Estos pequeños depósitos, que solían tener formas naturales que se integraban totalmente en el diseño del jardín, tenían una pequeña abertura por la que el agua era liberada muy poco a poco, casi en un hilillo goteante que recorría los finos canales de piedra que distribuían racionalmente el agua por toda la extensión del jardín.
—Increíble... —musitó el joven—. Entonces, ¿bebéis del agua de lluvia?
Telgarien sonrió, como si hubiera esperado que esa pregunta se formulase tarde o temprano para responder:
—En parte. Si te fijas estamos en alto. Estas canalizaciones llegan hasta varios puntos de la plaza y alimentan las fuentes cuando tenemos exceso de agua acumulada. Pero tenemos otra manera de obtener agua potable.
—¿Pero cómo?
—Míralo con tus propios ojos —dijo señalando otra obra de arte que parecía ser el centro de atención del jardín a juzgar porque varios caminos empedrados se cruzaban allí.
Era como un pequeño pórtico con cuatro columnas emulando cuatro troncos. Endegal subió los tres peldaños que le llevaron hasta el centro mismo. Allí, vio lo que no podía ser otra cosa que un pozo, pero de tal belleza y factura que, aunque estuviera seco, sería impensable privar a aquel jardín de su presencia. Representaba en piedra a dos mujeres elfo que, cogidas de la mano, sujetaban en alto una polea de plata.
Hubo un tiempo de silencio, mientras Endegal miraba hipnotizado el fondo del pozo, hasta que Telgarien decidió romper el hechizo:
—Vamos, Endegal. Acompáñame. Debes visitar a la Dama de Bernarith’lea, nuestra Líder Natural. Estoy seguro que estará ansiosa por conocerte —le dijo agarrándolo por el hombro.
—¿Ansiosa? Pero si no sabe que... —no pudo terminar su frase.
—Sí que lo sabe... —le sonrió el elfo.
Se encaminaron hacia el Arbgalen —el totémico árbol propiedad de la Líder Natural de los elfos— aunque sin ninguna prisa. Los presentes en la plaza le miraban fijamente, pero ya no con un aire de extrañeza, sino con gestos de bienvenida, al menos la mayoría, quiso pensar. Era el primer humano en mucho tiempo en entrar dentro del círculo de aquella aislada sociedad y, por lo visto, gran parte de ellos estaban ansiosos por conocer a alguien del mundo exterior.
Llegaron a la base del árbol central y subieron por una de las escaleras en forma de espira alrededor del tronco hasta el habitáculo en las alturas. Cuando alcanzaron la plataforma se pudo distinguir el recinto de la Líder Natural. Era un anillo que rodeaba al tronco central del Gran Árbol, pero a una altura más que considerable. Como el perímetro de aquel árbol era tan gigantesco, se habían construido varias estancias a su alrededor que seguramente estarían intercomunicadas.
Telgarien pidió permiso, y entró junto con Endegal en la estancia. A Endegal le asombró el hecho de que no hubiera guardias en la entrada que protegieran a la jefa de aquella aldea. Era para él un hecho insólito, pues no imaginaba a los capitanes ni al portavoz del pueblo o alguaciles de Peña Solitaria sin la debida protección. ¿Y una mujer al mando de tanta gente? Inconcebible. Los elfos, sin embargo, tanta era la seguridad que ofrecía la estructura exterior de defensa que no había seguridad interna. ¿O acaso era que simplemente él no la veía? Tampoco parecían tener miedo de ellos mismos, algo impensable que entre tanta gente no hubiera ladrones y rufianes.
La estancia era amplia, el techo alto, y al fondo un trono sobresalía del tronco central del Arbgalen, como si le hubiese nacido una mano al propio árbol que sujetaba delicadamente a una figura que, sin duda, era la Dama de Ber'lea. Pero ni por asomo era como Endegal se la había imaginado. Uno hubiera imaginado que el título de Dama lo regentaría una mujer de aspecto muy diferente.
No tenía la apariencia joven y hermosa del resto de sus congéneres. Ni vestía uniforme de gala. Extrañamente, era una figura delgada y vieja de largos cabellos blancos que le caían lacios hacia delante, casi hasta los mismos pies. Una túnica blanca y gris con motivos florales en plata y oro envolvían el cuerpo de la elfa más importante, y seguramente la más vieja a tenor de sus arrugas, de toda Bernarith’lea. Se notaba en cualquier caso que en épocas pasadas hubiera sido tan hermosa como el resto de elfos. ¿Habría más elfos de su edad? No le pareció haberlos visto, pero supuso que los habría, pero enuna cantidad bastante pequeña en proporción, de la misma forma que ocurría con los niños elfos. Parecía que esa vida tan longeva preservaba a los elfos en una apariencia de eterna juventud, pero lo que parecía ocurrir (y luego le corroboraron) era que crecían rápido, vivían durante la mayoría del tiempo con piel tersa y cuerpo vigoroso y al final de sus días envejecían rápido. Tan absorto estaba en la contemplación de la aparente frágil Dama, que Endegal no se fijó en la figura que de pie lo acompañaba, sino que lo hizo cuando estuvo bastante más cerca. El elfo que estaba a la izquierda de la Líder Natural de la Comunidad, no era sino otro que Alderinel; el hermano de su padre.
—Estás ante la presencia de la Dama Galthra de Ber'lea, Lider Natural de nuestra Comunidad —le dijo Telgarien.
Endegal hizo un amago de reverencia.
—¿Así que es este el supuesto hijo de Galendel? —preguntó la anciana elfa. Telgarien asintió con la cabeza.
—Madre, eso es lo que asegura este humano descarado —aventuró Alderinel.
Endegal se sorprendió ante estas declaraciones. Alderinel había llamado “madre” a la Líder Natural y eso cobraba una importancia notable para él, pues si el Señor de Bernarith’lea era el padre de Alderinel, Endegal debía ser el nieto de la máxima autoridad de los elfos. De pronto sintió un mareo.
—Pero no debéis de hacerle caso —continuó el hijo de la Líder Natural—, pues por lo visto, de algún modo este humano consiguió apoderarse del émbeler de mi querido hermano, y quién sabe si no fue él mismo su asesino. Asimismo ha conseguido hechizar a Telgarien para hacerle creer que es el hijo de tu hijo Galendel.
—¿Habéis hablado ya con Hallednel? —inquirió la soberana ignorando las palabras de su hijo.
—Todavía no, mi Señora —contestó Telgarien—. He creído oportuno traerlo primero a sus aposentos. ¿No es la Señora de Ber’lea la primera autoridad que debería ver la llegada del hijo de su propio hijo?
—Así es, Telgarien —convino Galthra—, y te lo agradezco. Pero casi prefiero tener la certeza de saber quién es este joven antes de tomarle cariño. No quisiera lamentar su muerte. Que el Visionario compruebe si se ha cumplido su profecía o si es mera coincidencia su presencia aquí y ahora. Sólo él puede ver si es en verdad la sangre de mi hijo Galendel la que corre por sus venas.
La profunda mirada de la Líder Natural se clavó en Endegal que estaba en shock, y le dijo:
—Hace tres lunas, el Visionario nos anunció que el espíritu de Galendel pronto nos visitaría. Entonces no supimos el significado de aquella visión, pero si hoy estás aquí y eres quién dices ser, entonces hoy mismo se cerrará el círculo y todo cobrará sentido; la profecía se habrá cumplido.
—¿Y si dice que no soy hijo de Galendel? —Endegal tragó saliva.
—Entonces morirás —dijo la anciana recostándose perezosamente sobre su austero trono. Dirigió su mirada a Telgarien—. Llévale a él.
Telgarien asintió en señal de aprobación e invitó a Endegal a seguirle, aunque este se había quedado clavado en el suelo, intentando retrasar el veredicto del Visionario. Pero la Líder Natural de Ber’lea añadió en el último momento:
—Aunque ahora tengo curiosidad, muchacho. Sólo quisiera preguntarte sobre cuál es tu versión de los hechos; cuál es tu nombre, cómo llegaste hasta aquí y qué te hace pensar que eres el hijo de Galendel.
—Mi Señora... —empezó Endegal, sin saber muy bien cómo debía dirigirse al Líder Natural de Bernarith’lea—. Mi nombre es Endegal y vengo de la vecina aldea de Peña Solitaria. Hasta hace poco sólo sabía que Darlya era mi madre, pero nunca supe nada de mi progenitor. Cuando yo le preguntaba a mi madre acerca de mi padre, ella siempre me contestaba que él había sido un gran guerrero y que murió poco antes de yo nacer. Nadie en Peña Solitaria sabía quién era él y ahora entiendo el porqué. No se me reveló su nombre hasta que me vi obligado a escapar de mi aldea natal, cuando me acusaron de traidor. Eso fue ayer mismo. Mi madre me dio este colgante, y me dijo que escapara al Bosque del Sol, que aquí encontraría a los hombres de los bosques, la verdadera familia de mi padre, y que Galendel era su nombre.
—Eso que dices tiene sentido, pues Galendel fue hijo mío y tu nombre, Endegal, tiene significado élfico —le dijo—. En tu lengua podría traducirse como el que brilla entre mundos, veremos si así es. Muy bien, joven Endegal, ya he escuchado tus palabras. Es una triste historia la que hasta aquí te ha traído, pero será feliz si en verdad eres el hijo de mi hijo. —Se dirigió ahora a Telgarien y le indicó—: Es hora de que marchéis hasta los aposentos de Hallednel. —Volvió de nuevo sus palabras hacia Endegal—. Recuerda que si no eres quién dices ser, si has intentado engañarnos, morirás. Llevamos muchos años ocultos a los ojos del mundo exterior y no podemos permitir la posibilidad de ser descubiertos. Si los humanos averiguan que existimos, entonces enviarán sus tropas para exterminarnos.
—Si por algún avatar vuestro Visionario asegura que soy un impostor, ¡que así sea! Mejor destino será éste que el que me espera en Peña Solitaria —dijo con valentía. Su mirada esmeralda se clavó en la de la Líder Natural. Cuando acabó, lanzó una reverencia, giró sobre sus talones y salió fuera, decidido. Telgarien hizo lo propio y le siguió.
Cuando se hubieron quedado solos la Dama Galthra y su hijo Alderinel, éste último le dijo a su madre:
—¿No debería Telgarien llevar una escolta? Ten en cuenta, Madre, que si este humano no es el hijo de Galendel, intentará sin duda escapar, incluso matar a quien pudiera impedírselo.
—No hará ninguna falta esa escolta que pides, hijo mío. Estoy seguro de que Endegal es el hijo de tu hermano. —Miró a la lejanía de la puerta, como hipnotizada y añadió con frenesí—: ¡Lo he visto en sus ojos!