Demonios blancos

Demonios blancos / Víctor M.M.

10
Salir del Huevo

Despertó en el aldabar compartido con Alderinel. Entreabrió los ojos con dolor y la luz le indicó que ya era pasado mediodía. No sabía cómo llegó hasta allí. Alguien debió traerle, inconsciente. Los golpes de Galanturil todavía resonaban en sus huesos. Alderinel no estaba en la estancia. Mejor.

—Endegal ab Galendel —dijo una voz desde la puerta.
Sobresaltado, miró hacia allí. Era un elfo que reconocía pero del que no se acordaba cómo se llamaba. Le repateaba que todos le llamasen por su nombre sin dudarlo y él solo se supiera el de su círculo más cercano. Endegal todavía se sorprendía del poco respeto a la privacidad que tenían los elfos. El elfo sin nombre esperó lo justo para que el magullado pusiera los pies en el suelo y le hiciese entender que le había escuchado. En ese momento, dijo una cosa más antes de salir:

—El Consejo ha sido convocado. Se te requiere en los aposentos de la Líder Natural. De inmediato.

Endegal pensó que nunca había visto reunirse al Consejo durante el tiempo que había estado allí. Debía tratarse de algo importante, sin duda. Y, sin duda, el motivo iba a ser su intento de salir al mundo exterior. ¿Una reprimenda formal o quizás un juicio? Mientras caminaba hacia su destino, le daba vueltas a su defensa. Solicitaría permiso formal para salir. Tenía grandes motivos. Conocía la respuesta de antemano. Empezó a valorar sus opciones.

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Cuando llegó hasta la casa de la Líder Natural y entró a la estancia, vio a docena y media de elfos a los que de algunos ya había intuido que tenían cierta importancia y del resto no tanta. Estaban todos en el silencio más absoluto. Cuando fue a colocarse en el centro para ser juzgado, extrañamente Telgarien le invitó a colocarse a la izquierda de Galthra con un gesto de recuerda que tu sitio es ese. Hallednel estaba a su diestra. Alderinel en un lugar menos privilegiado. En su día le informaron del protocolo. El heredero a la izquierda, el visionario a la derecha. No iban a juzgarle a él, o no al menos del modo que habría esperado. Esperó, espectante a que hablara la Líder Natural.

—He tenido un sueño —dijo el Visionario—. Una horrible visión.

Los congregados se revolvieron. Murmuraron inquietos. Al parecer la noticia les pilló a todos por sorpresa. No a Galthra.

—He visto una oscuridad sin nombre crecer desde el corazón de esta Comunidad y extenderse como negro aceite hasta que todo lo cubre, envenenando tierra y mentes en una brea de odio y muerte.
—¿Moriremos? —dijo alguien. El nerviosismo era palpable. Las palabras del Visionario nunca se tomaban a la ligera.
—La sangre de los elfos será derramada. No sé cuántos. Las visiones nunca muestran los detalles, pero las sensaciones son claras; el daño para Bernarith'lea será irreparable.

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Más revuelo. Ningún elfo estuvo inmóvil en su sitio, salvo la Dama Galthra y el Visionario, que parecían imperturbables.
Endegal, como el resto, no salía de su asombro, pero se permitió un pensamiento perturbador. Un sueño implica dormir. Por lo general se duerme por la noche. Si el Visionario soñó con eso podría haber convocado el Consejo al alba, incluso de madrugada. ¿Por qué esperar a la tarde? A no ser... Su mirada se cruzó con la de Alderinel, que parecía acusadora. Quizás esa visión no era tan reciente como se daba a entender. Quizás esperaron a dar el anuncio en el momento propicio. Una cortina de humo. O tal vez...

—¿Soy el único que ve una relación directa entre el mal que nos espera y el intento de un miembro de esta comunidad de exponerse al mundo exterior? —dijo Hidelfalas, adelantándose al resto. Los más cercanos gesticulaban afirmativamente. Endegal vio la risilla en labios de Alderinel. Obviamente su amigo estaba hablando por él.
—Expón tu teoría, si eres tan amable, hermano Hidelfalas —le conminó la Dama Galthra en su primera intervención.
—Endegal ha intentado huir de esta Comunidad esta mañana y su fuga fue frustrada gracias a algunos elfos que consiguieron reducirle a tiempo. —Varios no, uno solo, pensó el semielfo—. Esto es un hecho que todos ya conocemos.
—Ese asunto será tratado en otro momento —le interrumpió Galthra—, ahora mismo nos acucian problemas mayores.
—¿Sí? Porque a mí me parece lo mismo.
—Explícate.
—Si Endegal hubiera conseguido salir del bosque hubiera sido descubierto por los humanos de Peña Solitaria y estos sabrían de nuestra existencia. No tardarían en entrar y arrasar con todo. Están en guerra, así que ahora mismo cualquier atisbo de amenaza lo tratarán con la máxima brutalidad posible.
—Por suerte, eso no ha sucedido —dijo Galthra.
—¿Y quién nos dice que eso no va a suceder? —dijo Alverim.
Endegal abrió la boca para decir algo, pero Hallednel se le adelantó.
—Mi visión no muestra un ejército invadiendo Ber'lea, sino algo mucho más oscuro y tenebroso.
—Perdona mi ignorancia, Visionario —dijo finalmente Alderinel, que aunque estaba dejando que sus amistades se expresaran, su continencia estaba llegando a su límite—, pero siempre dices que las visiones son interpretables. Que nunca son claras. ¿No sería un ejército atacante el equivalente en tu sueño a una mancha de odio y muerte que se extiende como una mancha de aceite? A mí me lo parece.
—Eso es porque no tienes mis visiones y, por tanto, no puedes sentir lo que sentí yo. Las imágenes no son más importantes que lo que se siente cuando se tiene una visión de este calibre. Todavía resuena en mí. Significa que es inevitable. Pasará. Depende de lo unidos que estemos las consecuencias serán mayores o menores. Quizás se me revele más adelante. Pero lo ya visto, pasará.
—Resulta muy conveniente que sólo podamos guiarnos por tus impresiones —dijo Alverim.
—Hallednel no ostenta el título de Visionario y de Líder Espiritual en vano, hermanos —atajó Galthra—. Sus interpretaciones serán las que guien nuestros corazones, una vez más. Nuestra unidad en esto va a ser determinante. Tenemos que prepararnos para lo peor.
—¿Vamos a pasar por alto entonces el intento de huida del heredero al trono, mi Señora? ¿Qué opina él de la unidad, si se me permite preguntar? —intervino Elkerend—. Me fío de las sensaciones del Líder Espiritual de Ber'lea, pero no obstante que la visión se haya revelado justo el mismó día me hace sospechar que alguna relación debe de haber entre los dos hechos.
—Como he dicho antes... —empezó la Señora de Ber'lea.
Pero Endegal la interrumpió.
—Quiero hablar —dijo tajante—. Si se me permite —agregó después en un tono más calmado tras el silencio abrumador. Interrumpir a la Líder Natural quizás no había sido una forma respetuosa de participar, aunque ciertamente bastante efectiva para obtener la atención de los concurrentes.
—Adelante —concedió la Dama de Ber'lea.

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Endegal se tomó unos segundos para ordenar sus pensamientos.
—No fue premeditado. Esta mañana me pudo la nostalgia y me acerqué al linde. Vi que la guerra ya se había desatado y sufrí por mi madre. Tuve miedo de perderla para siempre. Admito que fue un error intentar salir sin el permiso conveniente. Fui impulsivo. Y por ello me disculpo humildemente.

Miró a la Dama Galthra y al Visionario. Ambos asintieron.

—Aceptamos tus sinceras disculpas, Endegal ab Galendel —dijo la Señora de Ber'lea—. No obstante esto no quedará impune. Como ya he dicho antes, lo trataremos a su debido tiempo. Ahora lo primero es...

El sector afín a Alderinel se revolvió en gestos de desaprobación.

—Y por eso pido formalmente al Consejo permiso para salir del Bosque y visitar a mi madre.

Los allí presentes empezaron a hablar y murmurar con desaire.

—¡Solo quiero decirle que estoy bien! —tuvo que gritar para que le oyeran—. ¡Quiero asegurarme de que no corre peligro!
—¡Está loco! —dijo alguien.
—¡Nos llevará a la perdición! —dijo otro.
—¡La culpa es de Galendel! —dijo otro—. ¡Le advertimos que sus salidas eran peligrosas! ¡Mirad adónde nos ha llevado sus escarceos!

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—¡Silencio! —ordenó la voz de Galthra. Su aspecto senil contrastaba con la potencia de su atronadora voz cuando se lo proponía. Todos callaron de inmediato. Endegal notó que aquel mandato de algún modo le oprimía el pecho.

Segundos después, Galthra continuó:
—Endegal ab Galendel, tu petición ha sido enérgicamente denegada. Las normas de esta Comunidad impiden la salida del bosque de ninguno de sus componentes.
—Mi padre entonces las desobedeció.
—¡Y tuvo graves consecuencias! —tronó de nuevo la voz de Galthra y el pecho de Endegal se encogió un poco más—. No discutiré las normas contigo. Acatarás mi decisión y la de este Consejo.
Aún así, se armó de valor para continuar.
—¿Sabéis una cosa? No somos tan diferentes a los humanos. No lo sois. No lo soy. Puedo salir de este bosque y nadie sabría que pertenezco a esta aldea, que soy un medio elfo. Cualquiera de vosotros también podría pasar por un humano. Cabellos más claros de lo normal, rostro imberbe... Sin vello en torso o las extremidades. La piel un poco más clara de lo habitual. Podríais pasar por humanos ligeramente peculiares, pero humanos a fin de cuentas.
—¡No oses insultarnos! —dijo Hidelfalas—. ¡Los humanos son estúpidos y egoístas!
—Endegal no nos insulta, Hidelfalas —dijo Fëledar, intentando rebajar tensiones—. Solamente...
—¿Y vosotros no lo sois? —estalló el medio elfo, para desesperación del Maestro de Armas—. Vivís aquí, en una aldea idílica, ignorantes de lo que ocurre ahí fuera. Cierto, aquí sois todos hermanos, todo se comparte, apenas hay disputas. A no ser que alguien venga de fuera y entonces os planteáis matarle. O alguien de dentro se plantea salir, si acaso un breve espacio de tiempo y ya empiezan las disputas, las amenazas y acusarle a uno de ser el origen de todos los males. Es entonces cuando os comportáis como esos humanos que detestais.

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Hizo una pausa y continuó:
—Estáis aquí encerrados en vez de descubrir el mundo, podríais compartir vuestros conocimientos con los demás. Y obtener conocimientos del exterior.
—Ya ocurrió eso —dijo Galthra—. Y nos quisieron destruir. Nos llamaron demonios blancos. Inventaron leyendas para que se nos odiara. Nos ocultamos en el tiempo. Y aquí estamos. Nos ha ido bien. Y ellos, a cada poco, están en guerra.
—Las guerras las provocan los líderes. La gente normal sólo intenta sobrevivir. Y vosotros les ignoráis. Tenéis remedios curativos más avanzados, tenéis el pan de lembas que con un par de bocados te sacian para todo el día. ¿Acaso sabéis del hambre que están pasando ahí fuera? No, claro que no lo sabéis. Estar aquí dentro es como un embrujo y es fácil sucumbir al calor del nido, pero eso es temporal. Siempre lo es. Sí, hablaré en vuestro idioma: Este bosque es el huevo que proteje la preciada yema. Pero el polluelo debe romper la cáscara, salir del huevo, crecer y echar a volar. O acabará muriendo. Sí, creo que esa va a ser mi interpretación de la visión, ya que por lo que veo aquí cada uno tiene la suya propia.

La sala del Consejo entró en un bullicio enorme, la indignación aumentó al oír aquellas palabras.

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—¿Esas son las palabras del Heredero al Trono, mi Señora? —dijo Alverim, con tono acusador—. Creo que no soy el único que no estaría muy tranquilo con Endegal sentado en vuestro lugar. ¿Qué sería de nosotros?
—Tal vez no tendríais la absurda norma de que un hijo no pueda visitar a su madre.
—¡Endegal ab Galendel! —vociferó la Dama Galthra y el silencio volvió a apoderarse de la estancia—. No se te permite cuestionar los postulados ni la forma de vida de Bernarith'lea. Nunca se ha puesto en duda la linea de sucesión al trono de Ber'lea y por eso no la decidiremos ahora pero debes saber que pende de un hilo. Tu desacato tendrá consecuencias y serán dirimidas en un próximo Consejo en el que tú ya no formarás parte porque por el momento, quedas expulsado.

Tras unos momentos en los que los murmullos de sorpresa de unos y de satisfacción de otros, Galthra dio por terminada la sesión.

—En vista de los acontecimientos, esta convocatoria queda aplazada hasta nuevo aviso. Espero que en la próxima podamos debatir las medidas a tomar frente la visión de infortunios que el Líder Espiritual ha tenido. En esta ocasión ha sido imposible. El Consejo de hoy termina aquí.

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Los presentes salieron de la sala, casi con prisa por comentar la jugada lejos de los oídos de los líderes de la Comunidad, cosa que agradecerían los elfos que esperaban fuera, expectantes.

La sala quedó por fin en silencio. Sólo quedaban Hallednel y Galthra.
Fue el Visionario el primero que habló sobre el asunto:

—Ni siquiera tu poder ni el de los émbeler lo retrendrán aquí. Se irá pronto.
—Con suerte mañana.
—Lo vas a permitir —No era una pregunta.
—Es tozudo como su padre. Sólo la muerte le detendrá.
—¿Vas a ordenar su muerte cuando lo capturemos en su próximo intento?
—¿Por quién me tomas? No haría matar jamás a alguien de mi sangre, por muy equivocado que este estuviera. El amor de una madre por su progenie no conoce límites. No, no lo dañaré de ningún modo, sino que lo protegeré dentro de mis posibilidades.
—Tenemos unas normas estrictas para proteger a esta Comunidad. Normas que recrudeciste después de la muerte de Galendel.
—Si tuvieras hijos, entenderías, Visionario. Fíjate en lo que hizo la madre de Endegal; le instó a marcharse de su lado para que tuviera un futuro mejor. Dejar ir a quien más quieres por su bien y no por el tuyo, es el mayor acto de amor que puedes hacer. Lo contrario es egoísmo puro. A fin de cuentas Endegal quiere salir de aquí para ver a su madre y, sinceramente, eso me ha conmovido. Quizás su destino no es liderar esta Comunidad. Quizás ni siquiera volver jamás aquí.
—Pero... Le has prohibido salir del Bosque. Delante del Consejo.
—Soy la Líder Natural. No puedo dar permiso de salida a nadie. Sería un desastre absoluto.
—Entiendo. Pero si intenta salir le descubrirán los puestos de vigilancia y entonces tendremos un serio problema que dirimir.
—No lo hará por el lugar más evidente. Es un chico listo, dará un buen rodeo y se ocupará de no ser visto. O eso espero.
—Más nos vale, Líder Natural.

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§

Endegal no pudo dormir en toda la noche. Y por lo visto Alderinel tampoco, ya que regresó a su catre a altas horas de la madrugada. El medio elfo le escuchó entrar perfectamente mientras se hacía el dormido. Nunca su relación fue buena pese a vivir (dormir) bajo el mismo techo, pero justo esa noche compartir estancia despiertos aunque fueran unos minutos hubiera sido insoportable. De hecho, se había asegurado de que no estaba el hermano de su padre cuando se fue a dormir y sopesó muy seriamente dormir en su casi terminado aldabar. Qué lastima, pensó, quizás nunca vería su aldabar terminado. Porque no aguantaba ni un día más allí encerrado, con cientos de dedos acusadores señalándole. Con la vergüenza de haber sido repudiado por la madre de su padre, por la Líder Natural. ¿El trono? Nunca lo había querido, haberlo perdido sin duda era más un alivio que un infortunio. Pero quedaba la vergüenza. Te has quedado bien a gusto, hijo mío, le habría dicho su madre. Y no le habría faltado razón.

Escapar de allí sería complicado, muy complicado, porque ahora todo el mundo se fijaría en él. Hubiera sido buena idea intentar escapar de noche si hubiera estado en un aldea humana. Pero allí las reglas eran distintas. Los elfos estaban muy acostrumbrados a los sonidos del bosque y con el silencio de la noche cualquier movimiento fuera de lugar era suficiente para ponerlos en alerta. Eso sin contar con que siempre había elfos de guardia nocturna. Definitivamente, intentarlo de noche hubiera sido un completo disparate.

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Pero tenía un plan.

Era un plan sencillo. Esa mañana hizo vida normal, al menos todo lo normal que podía haber hecho, porque quien más quién menos le preguntó por su estado, al menos con los elfos que más se relacionaba. Eso le levantó el ánimo, al ver que después de lo ocurrido el día anterior todavía alguien le consideraba amigo, compañero, hermano. También notó a la Comunidad bastante nerviosa por el asunto de la Oscura Visión. No era un tema menor que el Líder Espiritual tuviera malos augurios. Ber'lea estaba realmente atemorizada por eso.

Poco a poco se fue alejando de Ber'lea, siempre mirando al sur, en dirección completamente opuesta a Peña Solitaria intentando no llamar la atención. Llevaba consigo la espada y el arco, cosa habitual en cualquiera que se alejase mínimamente del centro neurálgico de la aldea élfica. Ni bolsa de viaje, ni manto, ni ropa de abrigo. Ni siquiera agua o comida. No le tocaba guardia, así que no tenía tampoco ningún compromiso con nadie. Ninguna cita relevante. Si alguien le veía andar errático le parecía que iba cabizbajo, pensando en lo ocurrido en el Consejo y también el aciago futuro. Si alguien le preguntaba le respondía con un Necesito despejar la mente, estar solo un buen rato, gracias. Con eso, poco a poco consiguió distanciarse cada vez más de Ber'lea sin levantar sospechas.

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Llegó un momento en el que ya llevaba un buen trecho andando solo. Tenía muy claro el camino que tenía que seguir, pero el bosque era enorme. No saldría de él en ese mismo día, y mientras estuviera dentro del bosque, podría ser capturado fácilmente y llevado de nuevo a Ber'lea, y entonces su situación habría empeorado todavía más si cabe. Debía apresurarse. Pero antes, debía hacer algo realmente doloroso. Reconoció uno de los puestos habituales de guardia. Esos puestos más alejados de Ber'lea y de Peña solitaria iban rotando. Sabía que estaría vacío en ese momento, pero no mañana. Trepó al árbol con la agilidad y pericia acostumbradas. Se quitó el émbeler de su padre. La cadena parecía pesar toneladas en ese instante. Lo depositó en una rama, lejos de la vista de cualquiera que pasase por debajo pero bien visible para quien hiciera la guardia. Lo dejó bien atado, pues bien sabía que los cuervos eran muy aficionados a las cosas brillantes.
Bajó del árbol con más dificultad de lo esperado, pues las piernas de pronto le fallaban. Estaba dejando atrás el último recuerdo de su padre y seguramente algo más. Pero era necesario enviar un mensaje: Dejo atrás mi parte élfica, nadie encontrará Ber'lea guiado por este émbeler. Pase lo que me pase, no seré el causante de ningún daño a la Comunidad.

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Al no tener el émbeler puesto, Bernarith'lea dejó de llamarle. Y se sintió más libre, pero no por ello más animado. Recordó entonces la inmensidad del bosque. Así que apretó el paso considerándose ya libre de miradas.

No sabía cuánto se equivocaba.

—¡Espera! —gritó una voz conocida. De mujer.

Endegal estuvo a punto de correr sin mirar atrás, pero al reconocer la voz de Elareth, se detuvo un instante. atisbó los árboles circundantes y no vio a nadie más, así que se relajó por un momento.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó a la elfa.
—¿Qué haces tú?
—Creo que es obvio.
—Sin despedirte.
—Así debía ser. ¿Vienes sola?
—Sí.
—Entonces no puedes evitar que me vaya.
—No he venido a eso.
—¿Entonces?
—Vengo de parte de alguien que leyó muy bien tus intenciones y, como yo, te desea lo mejor en tu viaje.
Diciendo esto, se descolgó la bolsa de viaje que llevaba a la espalda y se la ofreció. Endegal la inspeccionó.
—Te lo agradezco, de veras. Un odre con agua, manzanas y melocotones. Algo de carne de ciervo seca. Unas cuantas lembas...
—Diez lembas para diez días donde no encuentres sustento.
—Espero no llegar a ese punto.

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Elareth se quitó su manto de viaje y se lo ofreció también.

—Viendo el camino que llevas, no lo descartaría. Esta agua hidrata el doble de lo normal, es uno de los experimentos de Derynë. Pero dosifícala de todos modos.
—Así lo haré —dijo, y siguió escarbando en la bolsa—. Uhm... Y una bolsita que parece tener... ¿gravilla quizás? Suena metálico. ¿Una cota de malla en miniatura?
La abrió, con divertida curiosidad, pero al ver el contenido su expresión cambió por completo. Eran pepitas de oro puro.
—Dicen que los humanos no hacen favores por nada y siempre piden un precio. A falta de monedas humanas, Galthra ha pensado que el oro te será de igual utilidad allá a donde vas.
—¿Te ha enviado Galthra, entonces?
—En secreto, como entenderás.
—Entonces debe confiar mucho en ti.
—Te aprecia más de lo que crees, Endegal.
—Ya veo... —dijo con cierto pesar. Hizo un amago de irse, no sabía como terminar la conversación, ni tampoco si quería terminarla.
—Te echaremos de menos.
—Y yo —. Un nudo en la garganta le impidió hablar más. —Adiós.

El medio elfo echó a andar sin mirar atrás, con los ojos humedecidos y la sensación asfixiante de dejar atrás una vida de ensueño. Cuando por fin decidió darse la vuelta, Elareth ya había emprendido el camino de regreso.

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La escena, lejos de ser íntima, había sido observada por un elfo que, en ese momento, destensó su arco, indignado. Galthra lo ha permitido, pensó con furia. Era lo único que le había hecho dudar, oir el nombre de su madre en todo este asunto, pues había tenido al semielfo al otro extremo de su flecha. Sólo había tenido que separar dos dedos y habría detenido la fuga. ¿Por qué romper tus propias normas? Tuvo una suerte de sentimientos encontrados bullendo caóticos en su ser. La huida de Endegal en realidad le beneficiaba. Volvía a ser el heredero al trono. Pero su madre había mentido a la Comunidad. Pero si alguien se entraba, su madre podría perder el trono y él su herencia merecida por sus capacidades de lucha y liderazgo y, por qué no decirlo también, por derecho de nacimiento. ¿Qué has hecho, madre?, hubiera querido gritar en ese momento, pero no debía. Tendría que guardar el secreto, y posiblemente sería la tarea más difícil a la que se habría enfrentado en toda su vida. ¿Qué alternativa tenía?



§


Empezaba a pisar territorio extraño para él cuando llevaba más de dos horas de camino. Echó mano de su bolsa de viaje y tomó una manzana, pues el hambre empezó a rugir en su estómago. En otras circunstancias la hubiera reservado y se hubiera dedicado a cazar algo o a buscar moras, pero no tenía tiempo que perder. Era urgente salir de los dominios del bosque en cuanto le fuera posible. Aún así sabía que ahí fuera el paisaje iba a ser desolador y se arriesgaba a no encontrar sustento de ningún tipo. Su plan era cazar algo, pero justo antes de salir, si el destino se lo permitía. Apenas había consumido la pieza de fruta cuando una silueta conocida apareció delante de él. Esta vez, Endegal no dudó un segundo. Desenvainó su espada y se quitó la bolsa de viaje de su espalda. Había llegado demasiado lejos. No sabía como iba a acabar aquel encuentro, pero estaba dispuesto a todo para seguir adelante.

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—Hola, Cabellos Oscuros —dijo el elfo.
—Esta vez no vas a conseguir llevarme de vuelta a Ber'lea —le advirtió amenazante.
—No. No lo haré. No es mi propósito.
—¿A qué estás jugando, Solitario?

Algorenth'el bajó un poco la mirada, Endegal hubiera jurado haber percibido algo de vergüenza en aquellos ojos.

—Te acompañaré —dijo al fin—. Yo también quiero salir del huevo.

10. Salir del Huevo

“Demonios blancos” y la portada del presente libro son obra de Víctor Martínez Martí y se encuentran bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported.
Para ver una copia de esta licencia, visita http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/.

By Víctor Martínez Martí @endegal