Demonios blancos

Demonios blancos / Víctor M.M.

11
El Solitario

Endegal no salía de su asombro. Tenía muchas preguntas y no sabía por dónde empezar.

—¿Por qué? —Genérica. Era un buen comienzo.
El elfo dudó unos instantes, tenía la respuesta preparada desde hacía horas, pero no le era fácil transmitirla con aplomo y de corrido.
—Escuché tu alegato en el Consejo —dijo secamente, como si eso lo explicara todo.

Pero eso abría otra pregunta.

—Tú no perteneces al Consejo. No estabas allí.
—Dentro, no, obvio. No me gustan las multitudes. Y no fui invitado.
—Espiabas.
—Escuchaba. Estaba cerca.
—Eso se llama espiar, un verbo poco utilizado por los elfos, lo admito. Pero es lo que es.
—Como te habrás percatado, Cabellos Oscuros, un Consejo no se reúne muy a menudo y siempre que lo hace se habla de cosas interesantes que nos conciernen a todos.
—Que luego se transmiten al resto de los elfos, a su debido tiempo.
—Hay asuntos que es mejor saberlos de primera mano.

Endegal se permitió una leve sonrisa y relajarse un poco. Parecía que, por el momento, no iba a tener que enfrentarse físicamente al elfo.

—Eres más inteligente entonces que la mayoría de los que viven bajo la luz de Los Cuatro.

11. El Solitario

Demonios blancos / Víctor M.M.

Algoren'thel se encogió de hombros.

—Entonces fuiste testigo de lo que pasó allí dentro, me escuchaste, te convencí y aquí estás no sólo para permitir que me salga con la mía, sino para... ¿acompañarme?
—Para salir del huevo, he de admitir que me gustó tu metáfora.
—El Solitario decide acompañarme. Es que me cuesta de creer esto.
—Todos cabalgamos entre contradicciones, Cabellos Oscuros.

Empezaron a andar. La conversación tenía tintes de alargarse y no estaba el asunto como para perder más tiempo.

—Hacia el Pantano Oscuro, supongo —dijo el elfo.
—Sí, un buen rodeo pasando por Fedenord hasta llegar a Peña Solitaria, si vuestros mapas son correctos.
—Una ruta peligrosa, según dicen.
—Sí, ya hablaremos de eso. Cabalgamos entre contradicciones, decías. Estoy de acuerdo, pero tendrás que razonar las tuyas al menos. La primera: ¿Por qué salir del bosque? ¿Oíste un discurso inspirador y tras cientos de años decides que el bosque se te queda pequeño?
—No es tan sencillo. Siempre he querido salir pero he tenido miedo de hacerlo. Como bien sabes vivo apartado de la Comunidad. No es un mero capricho. Desde siempre me he sentido distinto. No encajo con su modelo de sociedad y sus valores.
—¿Qué?
—Sus valores son altamente contradictorios. Temen romper una rama a un árbol para construir sus aldabar o una simple mesa y sin embargo cazan animales para comer. Desarrollan líquidos varios para poder fabricarse arcos y flechas a base de restaurar ramas resecas caídas. ¿Crees que eso tiene algún sentido?
—Es curioso, no había caído hasta ahora, siendo tan evidente. —De pronto le pareció entender algo—. ¿Tú no cazas?
—No como carne. No mato nada que se mueva.
—Orcos sí, obviamente.
—Nada que se mueva.

11. El Solitario

Demonios blancos / Víctor M.M.

Endegal no salía de su asombro. Sí que llegó a entender por qué el arma única de Algoren'thel era el cayado.

—Pero son las criaturas más viles que pisan esta tierra. Criaturas de Ommerok.
—Son seres que tienen derecho a vivir porque Arkalath les ha insuflado vida. También piensan y razonan como nosotros. Aman y sufren, aunque hasta yo lo ponga en duda no pocas veces. Evitaré que hagan daño a otros, si puedo. Les golpearé hasta que cesen en sus fechorías. Pero no los mataré.
—Pero hay animales que matan a otros. Arkalath así lo ha dispuesto, no puede haber maldad en matar para comer.
—Para sobrevivir. Sus cuerpos no están preparados para alimentarse sólo de vegetales. No tienen otro modo. Nosotros sí. Podemos elegir.

Al medio elfo todo le sonaba coherente, aunque veía flecos y matices que llevarían a discusiones mucho más prolongadas. Lo que no entendía ahora era otro asunto.

—¿Por qué nadie me ha comentado estos aspectos sobre ti durante todo este tiempo?
—¿Acaso crees que les interesa que se debata sobre ello?

A Endegal le vinieron recuerdos del pasado.
—No es en el único lugar en el que eso ocurre, por desgracia —sentenció.
—Fíjate, la propia Dama Galthra te prohibe públicamente salir del bosque y luego te ayuda en secreto. Con el beneplácito del Visionario, por supuesto.
—¿Cómo sabes tú eso?
—Ah, me quedé un rato más escuchando una vez terminó el Consejo. Así averigüé los planes de Galthra.

11. El Solitario

Demonios blancos / Víctor M.M.

Encajaba. Y eso le hizo tomar confianza.

—¿Oíste algo más sobre la Oscura Visión?
—No comentaron nada más. Si lo hicieron, me fui antes de eso.
—¿Te la crees?
—¿Por qué no iba a hacerlo, Cabellos Oscuros?
—Creo que ha sido un intento de desviar la atención sobre mí.
—Ah, entiendo. Tiene cierto sentido. La Dama Galthra intentaba cortar cualquier mención a tu intento de fuga. Pero no. Hallednel no miente. No en algo tan importante.
—¿Te fías de él?
—Claro. ¿Tú no?
—Ya no lo sé. Yo ahora desaparezco del mapa y eso causará revuelo sin duda. Mientras la comunidad estará centrada durante meses o años en recrudecer las normas, poner más puestos de vigilancia y ese tipo de cosas. Lo he visto en Peña Solitaria mientras nos preparábamos para una guerra. Nada importa salvo la inminente guerra. Todo lo demás carece de pronto de importancia.
—Pero mentir sobre eso es demasiado.
—Por eso mismo lo harían. Pasará un tiempo en el que la comunidad ya se relaje. El Visionario dirá que el problema se diluyó. Que a lo mejor el problema era yo y que haberme ido disió el problema. Todos contentos. Así es como mantienen el control los que ejercen el poder. Con mentiras y miedo.

11. El Solitario

Demonios blancos / Víctor M.M.

Algoren'thel estaba sopesando el asunto. Cabeceaba una negativa. No quería creerlo.

—¿Acaso no sabes lo que hacen los émbeler en realidad? —le preguntó al elfo.
—Por supuesto. No sólo te levantan el ánimo. No sólo funcionan como faro. Te atraen al centro de Ber'lea, en todos los sentidos. Su poder está intrincado con el Argbalen y con Galthra. Te reconforta cuando lo llevas encima, te hace sentir bien, te hace ver lo bueno de seguir las normas, te hace ver lo bueno de pertenecer a la comunidad.
—Y te hace ignorar todo lo que pasa fuera del bosque.
—Y lleva tu firma.
—Sí, cada émbeler se forja con una gota de sangre del elfo al que va a pertenecer. Menos en tu caso, que lo heredaste de tu padre.
—"El espíritu de Galendel", así me reconoció el Visionario. Creo que entiendo ahora mejor su verdadera habilidad —dijo, con clara decepción en su voz.
—Un sistema de control perfecto.
—Y aún así lo llevas.
—Sí, pese a todo. Una más de mis contradicciones, ésta más difícil de explicar racionalmente. La verdad es que una vez sabes como funciona, pierde gran parte de su poder sobre ti. —En ese momento el elfo cayó en la cuenta de algo—. ¿Te deshiciste de tu émbeler?
—Sí. Lo dejé en uno de los puestos de guardia. Mañana a primera hora lo encontrarán.
—Para mí representa de donde vengo, y no odio Ber'lea en ningún sentido. Simplemente no estoy de acuerdo en todo y contigo he visto mi oportunidad de salir de aquí.
—¿Y crees entonces que vas a encajar mejor con los humanos?
—Está claro que no, pero necesito explorar y ver qué hay más allá del bosque. Quién sabe si ahí fuera hay más elfos.
—Si existen más elfos, te aseguro que estarán muy lejos. Nadie que yo sepa oyó jamás hablar de elfos.
—Quizás no tan lejos. Quizás escondidos. Llegué a pensar que habría otra Ber'lea en el Bosque del Sol. Este bosque es inmenso y los elfos somos expertos en ocultarnos. Pero después de tantos años explorando he acabado por deshechar esa opción.
—¿Elfos escondiéndose de otros elfos? La verdad, suena extraño y a la vez posible.

11. El Solitario

Demonios blancos / Víctor M.M.

Siguieron caminando pero era ahora el elfo quien decidía la ruta, dada su amplia experiencia explorando el bosque entero a lo largo de los siglos.

—Dijiste antes que siempre quisiste salir del bosque pero que tenías miedo de hacerlo. La verdad, no me pareces alguien que pueda tener miedo de nada.
—No miedo a combatir contra ningún adversario o bestia. No, no es ese tipo de miedo al que me refería. Miedo a que los humanos me vieran como un ser distinto y me juzgaran sólo por eso. En tu discurso dijiste algo obvio que los de nuestra especie nunca queremos admitir; elfos y humanos somos físicamente muy similares. Tal como dijiste, si quitamos cultura y formas de vestir, un elfo puede pasar como un humano peculiar, pero para nada de otra raza.
—Si al menos tuviérais las orejas puntiagudas, seríais reconocibles a la legua. ¡Eso sería muy propio de un demonio blanco, sin duda! —Endegal esperaba sacarle una sonrisa, pero el sentido del humor del elfo debía ser un poco más sutil—. Las leyendas también hablan de dientes afilados, como buenos depredadores de hombres.

Consigió sólo una mirada de perplejidad. Endegal continuó preguntando.

—Pero no te llaman el Solitario en vano. ¿Por qué acompañarme? Bien podrías salir del bosque por tu propia cuenta.

11. El Solitario

Demonios blancos / Víctor M.M.

De nuevo esa expresión de ligera vergüenza en los ojos del elfo.

—Así es. Podría. Pero ahí fuera estaré como pez fuera del estanque. Quiero pasar como humano. Mi forma de comportarme podría delatarme de algún modo. Si me preguntan, no sabré qué responder. He pensado que contigo iré donde tu vayas, haré lo que tú hagas y diré lo que tu digas. Mejor aún, no diré nada y serás tú quien hable si se da la ocasión.
—Entiendo. Sí, mejor así.
—Y, sinceramente, creo que necesitarás de mi ayuda ahí afuera. El Pantano Oscuro alberga horrores.
—Creo que vuestras leyendas exageran, y creo que me las apañaría. Pero gracias de todos modos.

El Solitario agregó.

—Pero no te hagas ilusiones conmigo. Una vez sepa desenvolverme en el mundo de los hombres tomáré mi propio camino, sea cuando sea que se dé esa circunstancia.
—Por supuesto —concedió.

Siguieron andando un buen rato sin hablar, el sol empezaba a descender.
Endegal dijo:

—He estado pensando.

Algoren'thel apenas levantó una ceja.

—Necesitamos una historia. Por si nos pregunta alguien, que lo harán. Estamos en guerra, la gente va a ser muy suspicaz.
—¿Qué pensaste, Cabellos Oscuros?
—Podríamos decir que somos viajeros que venimos del sur, de más allá de la Sierpe Helada. Nuestras ropas pueden acentuar ese hecho, pues no creo que haya ningún habitante de Fedenord que haya ido más allá de la Sierpe, o por lo menos, sería mucha coincidencia que nos encontráramos con alguno de ellos en nuestra corta estancia en este reino.
—Parece buena historia esa.
—El único problema —dijo con menos énfasis— es que no sé qué reino existe detrás de la Sierpe Helada, ni tampoco de sus poblados —expuso Endegal preocupado.
—Eso no es ningún problema, medio elfo —le tranquilizó el Solitario—. Detrás de la Sierpe Helada no existe ningún reino, que yo sepa. Se cuenta que sólo existen una multitud de aldeas esparcidas por la zona, como estrellas en el firmamento, totalmente independientes y bajo ningún feudo. Incluso hay diversas tribus bárbaras en las laderas. Podríamos inventarnos el nombre de nuestro supuesto poblado natal. Estoy seguro de que nadie se extrañará al oír el nombre de un poblado inexistente —argumentó Algoren’thel.
—Perfecto —dijo Endegal con entusiasmo—. ¿Se te ocurre algún nombre?
—No tengo imaginación para los nombres —fue la seca respuesta.
—Imagínate que fundas tú un poblado. ¿Qué nombre le pondrías? —dijo esbozando una sonrisa, animando al Solitario a participar de la idea, sin embargo, aquél no parecía muy dispuesto—. Vamos, hombre, piensa un poco. Tendría que ser... quizás el nombre derivado de su creador, o un nombre relacionado con la orografía de la zona. Por ejemplo, Peña Solitaria hace referencia a la peña aislada que existe en el valle.
—Invéntatelo tú. Yo tengo poca imaginación para mentir —respondió sin más el elfo.
—Vamos a ver... Por ejemplo: cojo el nombre de mi madre y lo modifico un poco: Darlya. Darlyanand... Darland... Darlanath... Darlyador... ¿Qué te parece? ¿Cuál de todos te gusta más?
—Esta bien —dijo Algoren’thel más que hastiado del acoso de su compañero. Si opinaba, quizás le dejaría un rato en paz—. Todas suenan más a fortalezas que a una pobre aldea. Pero si he de elegir, quizás el más apropiado de los que has dicho sea Darland.
—Vaya, tienes razón. Sí que tienes imaginación después de todo, o un poco de lógica por lo menos. Darland puede ser grande o pequeña.
Algoren’thel asintió con la cabeza. Entonces Endegal recitó una frase, a modo de ensayo y recordatorio.
—Vamos a ver. Entonces somos Algoren’thel y Endegal, viajeros que venimos del sur, de la aldea de Darland, más allá de la Sierpe Helada.
—No sé si vamos a convencer a alguien con solo eso.
—Tendrá que bastar por ahora. Podemos pensar los detalles a lo largo del viaje, tenemos tiempo.

11. El Solitario

Demonios blancos / Víctor M.M.

Justo en ese momento les sobrevino un olor entre acre y podrido. Se detuvieron en seco y permanecieron en silencio. Se acercaban. Se les podía ya incluso oir. Orcos, dijo Endegal usando el lenguaje de los signos. El elfo asintió. Dudaron entre enfrentarlos o dejárselos a los elfos de Bernarith'lea. No tuvieron tiempo para ponerse de acuerdo, los orcos avanzaban deprisa hacia ellos. Su instinto les hizo trepar cada uno a un árbol y mantener la guardia bien alta. Pronto se hicieron visibles. Era una patrulla de siete componentes. Endegal cargó el arco, todavía dudaba. Siete era un número considerable. Nada para dos elfos apostados en los arboles, si estos dos estuvieran dotados de arco. Pero no era el caso, era un arco y un cayado, un arma cuerpo a cuerpo cuyo portador había revelado que no lo usaba para matar. Tal vez lo más sensato sería dejarles pasar, a fin de cuentas en cuanto los elfos de la comunidad los detectasen, no verían la luz del sol.
Al pasar por debajo de ellos, uno de ellos gruñó y la patrulla entera se detuvo. Se pusieron a olisquear. Empezaron a revisar las copas de los árboles, buscándoles. Estaban a punto de descubrirlos. Endegal ya no dudó, tensó el arco y empezó a estudiar el orden en el que debía disparar sus flechas para eliminar a los más peligrosos. Primero los dotados con arco, luego...

11. El Solitario

Demonios blancos / Víctor M.M.

Para su sorpresa, Algoren'thel se le adelantó. Bajó del árbol y se puso frente a ellos. Orcos y medio elfo tardaron en reaccionar, aquel movimiento carecía de sentido alguno.

—¡Atrás! —vociferó el Solitario. Los orcos se miraron, extrañados, dudando en si lanzarse y despedazar a aquel elfo o ver antes qué tenía que decir — ¡Este bosque está bajo la protección de los elfos! ¡Volved por donde habéis venido o moriréis!

Los orcos se carcajearon. El que parecía su cabecilla dijo:
—Eso no te salvará, elfo.
—Mis compañeros están apostados en los árboles. Si dáis un paso más, moriréis.
—Si eso fuera verdad, ya estaríamos muertos, elfo. Los vuestros no negocian. Nos exterminan.

Al ver que no se amilanaban, Endegal lanzó su primera flecha sobre el cabecilla. Quizás con eso se creyeran al Solitario y dieran media vuelta. Le atravesó el cráneo entrando por el ojo derecho.

—¡No! —gritó el elfo.

Los otros séis se dispersaron rápidamente, pero no huyeron, sino que se colocaron a cubierto evitando la linea de tirador apostado en el árbol. No son tan tontos, intuyen que sólo somos dos, pensó el medio elfo. De hecho, estaban rodeando a Algorenth'el mientras tenían un ojo en los árboles desde donde había salido la flecha.

11. El Solitario

Demonios blancos / Víctor M.M.

—¡Allí! —señaló uno hacia Endegal. Dos arqueros orcos apuntaron hacia él. Dos flechas pasaron demasiado cerca.

Endegal se vio obligado a bajar. Disparó una flecha mientras se descolgaba. Acertó en el pecho de uno de los arqueros. Quedaban cinco, uno de ellos todavía con el arco, que le apuntaba. Otro se le acercaba peligrosamente por la izquierda, no podía usar el arco élfico. No había tiempo. El orco disparó. Endegal esquivó la flecha por los pelos mientras desenvainaba su espada y cercenaba la cabeza del orco que se le había echado encima. Quedaban cuatro, pero solo veia al arquero que le estaba apuntando de nuevo. Los otros tres y el elfo estaban fuera de su vista. Echó mano de su daga y se la lanzó al orco. No halló carne, sino que impactó contra la mano que sujetaba el arco, desviando la flecha orca y aturdiendo un segundo al orco. Tiempo suficiente para llegar a un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. El orco ya había soltado el arco y amarrado su espada con dos manos esperando al semielfo que venía a la carrera. Endegal ejecutó el primer movimiento que aprendió en Ber'lea de manos del Maestro de Armas, lanzando un espadazo de abajo a arriba mientras saltaba. El orco interpuso su arma en horizontal de forma imprevisible, mientras su atacante y su espada iban subiendo y girando. El orco se vio a sí mismo sin cabeza mientras la sangre rodavía irrigaba su cerebro.
Aunque no los veía, podía sentir todavía signos de lucha. Algoren'thel resistía.

11. El Solitario

Demonios blancos / Víctor M.M.

—Aguanta un poco más, amigo —se dijo en voz baja mientras invertía unos segundos en recuperar su arco y un par de flechas.

Cuando llegó, la escena que vio era la siguiente: el elfo estaba rodeado de tres orcos y lo iban tanteando, no se atrevían a acercarse más de la cuenta. Un par de ellos cojeaba, el otro parecía aturdido. Sin duda habían probado ya la dureza de Galanturil en sus huesos. Aún así seguían armados y peligrosos.

Endegal abatió a uno de un flechazo. Los otros dos, al verse en desventaja empezaron a huir.
Endegal disparó otra flecha, pero fue interceptada por el cayado del elfo.

—Se van. Déjalos.
—Estás loco.

Recogieron sus pertenencias y continuaron su camino en incómodo silencio hasta bien entrada la noche.

—Tendremos que descansar —dijo Endegal por fin.
—Está bien —concedió el elfo.

Se subieron cada uno a un árbol con ramas apropiadas y durmieron unas horas. Justo antes del alba Algoren'thel se dispuso a reemprender el camino.

—Voy a cazar algo —dijo el semielfo. Ante la mirada desaprobadora del Solitario, agregó—: No voy a pasarme una semana comiendo fruta.
—No tenemos tiempo para desayunar sentados, Cabellos Oscuros. Y no es prudente encender una fogata aquí.
—No voy a cocinar ahora. Guardaré la carne para el Pantano Oscuro.
—Quizás sea peor.
—Ya veremos —dijo Endegal mientras se internaba en la maleza.

11. El Solitario

Demonios blancos / Víctor M.M.

Al poco rato el elfo vio aparecer a Endegal. No llevaba nada entre las manos, pero el olor delataba que había conseguido una presa y la había guardado en su bolsa de viaje.

Algoren’thel estaba sentado en el suelo, frotando su bastón con un trapo. Lo humedecía con un líquido sacado de un frasco verdoso, redondeado y achatado.

—¿Quitando la sangre orca?
—No estoy limpiándolo.
—¿Entonces?
—El contenido de este frasco es un líquido especial que yo mismo preparo. La madera se hace tan resistente como el acero, por eso Galanturil no se astilla nunca ni se rompe.
—Y por eso sus golpes son tan demoledores —dijo Endegal asombrado.
—Vamos —dijo el elfo emprendiendo la marcha.

Siguieron la marcha de nuevo. Atardecía cuando llegaron casí al límite del bosque. Endegal se devuvo un momento. El elfo se le quedó mirando. Su compañero sacó de su mochila de viaje la pequeña bolsa de Ghalthra. Metió la mano y calculó tanteando con la mano, aproximadamente la mitad de las pepitas de oro. Se las ofreció al Solitario. Eran cuatro.

—¿Y esto? —preguntó el elfo.
—Fuera de los límites de la Comunidad no existe el intercambio de favores, ni mucho menos los favores desinteresados. Si no tienes dinero, no vas a ninguna parte, compañero. No podrías siquiera alojarte en una posada. Sin embargo, con este oro, los humanos harán por ti lo que tú quieras.
—Hombres al servicio de otros sólo por unas pepitas de oro... Aborrecible.
—Llámalo como quieras, pero esto te permitirá al menos comida y alojamiento en las aldeas humanas.
—¿Y quién quiere dormir bajo un sucio techo? —le reprochó Algoren’thel.
—Deberás hacerlo si quieres pasar por humano.

11. El Solitario

Demonios blancos / Víctor M.M.

El elfo aceptó entonces las pepitas de oro. Siguieron andando hasta llegar al linde del bosque.
El viento llevó consigo una oleada de mareante hedor. Ambos dirigieron la mirada al frente. Una oscura neblina ensombrecía el paisaje.

—¿Qué es eso? —preguntó Endegal visiblemente preocupado.
—El Pantano Oscuro.

11. El Solitario

“Demonios blancos” y la portada del presente libro son obra de Víctor Martínez Martí y se encuentran bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported.
Para ver una copia de esta licencia, visita http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/.

By Víctor Martínez Martí @endegal