La Hermandad del Caos

La Hermandad del Caos / Víctor M.M.

6
Menos Dedos, más Dorianne

Desnudaos —ordenó el príncipe heredero.
Tanto Dedos como Drónegar no desobedecieron, pero no tenían ninguna prisa ni ganas de que empezara aquel espectáculo, por lo que el príncipe hizo un ademán para que sus hijos les ayudaran a desvestirse. En dos zarpazos y en menos tiempo de lo que hubieran querido los dos presos, se quedaron completamente desnudos. Parethed se hizo con el émbeler que llevaba el criado. Borethed cogió las bolsas del mediano. La que llevaba dinero la despreció como si dentro no hubiera más que estiércol. La otra la observó con detenimiento, pues estaba llena de herrajes y varillas de diversas formas.
—Son ganzúas, memo —le dijo el mayor de los hermanos, Oresthed, a lo que Borethed las lanzó al suelo también.
—Mi señor, esto no es necesario —dijo Drónegar cagado, literalmente, de miedo.
—Ciertamente, no lo es —dijo el príncipe heredero—. Sé que vais a cantar como pajaritos de todos modos. Pero la verdad es que me apetece.

Dedos miró al príncipe y a sus tres hijos. Todos ellos tenían la misma mirada. Concluyó que iba a ser una tarde muy larga. Sabía que era inútil aplacar la sed de sangre de aquellos cuatro sádicos, pero tenía que intentarlo.

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—Mis señores... Si me permiten una observación...
—Adelante —dijo Demerthed mientras se ponía unos gruesos guantes—. Te tengo reservado algo especial, te gustará, ya lo verás.
A Dedos le llamó la atención que los hijos de Demerthed no abrían la boca si no lo veían oportuno o si no les preguntaban directamente a ellos; el respeto hacia su padre era enorme. O quizás era miedo a sus represalias.
—De verdad conozco muy poco al señor Drónegar. Coincidimos en la Sierpe, eso es cierto. Nos reencontramos aquí en Tharlagord por pura casualidad y me propuso entrar en la Corte porque él tenía que hacer un viaje y me dijo que yo podría sustituirle, que obtendría una buena paga. Pero nada sé de conspiraciones y, si me lo permite, no veo a Drónegar con capacidad de llevar a cabo una conspiración de tamaña magnitud, ni siquiera de ser un mero peón. De lo poco que le conozco podría asegurar que siempre ha hablado bien de vos y vuestro padre, pero es un hombre de pocas luces, si usted me entiende.
—Te agradezco tu sinceridad y, ciertamente, me creo casi todo lo que has dicho. Pero resulta que me muero de ganas de subirte al potro y ver cuánto eres capaz de crecer.

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Hizo un ademán, y sus hijos lo colocaron en el aparato, amarrándolo fuertemente.
—¡Señor Demerthed! ¡De verdad no sé nada de esto! ¡Siento mucho la muerte de su padre!
—Pues yo no —dijo tajante—. Técnicamente, ahora mismo soy el nuevo Rey de Tharler. Por fin.

Demerthed no mentía. Estaba bastante harto de sostener el título de príncipe heredero a sus casi ochenta años. Harto de parecer mucho más viejo que su padre y de ser claramente más débil. Cuando tuvo la noticia esa mañana de la muerte de su progenitor, un chorro de adrenalina le recorrió el cuerpo. No podía mostrar su alegría delante de sus soldados, aunque sus hijos sí eran conscientes de sus pensamientos. Conscientes y partícipes, ya que el propio Oresthed, su hijo mayor, tenía ya sesenta años cumplidos. Toda la progenie de Emerthed veía escapar su vida, esperando eternamente la muerte de un rey que cada vez era más fuerte y vigoroso, aparentemente inmortal. Demerthed no pudo esperar la confirmación de aquella carta y respondió a ella con un escueto "Traed el cuerpo del Rey con todas sus pertenencias a Tharlagord cuanto antes. No olvidéis el guantelete". A nadie se le escapaba cuál era la fuente de poder de Emerthed, mucho menos sus allegados más cercanos.

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Demerthed se alegró de la muerte de su padre, aunque le fastidiaban sobremanera dos cosas. La primera, que hubiese sucedido tan lejos de dónde él estaba y que por eso alguien pudiera arrebatarle el preciado guantelete. La segunda, que la muerte hubiese sido ejecutada por un enemigo al que desconocía así como su motivación y si se había contentado con la cabeza del rey o si bien buscaba invadir Tharler y clavar en una estaca las cabezas de toda su progenie. Era momento de averiguarlo.

—Bueno, pasemos a la acción, chicos —dijo a sus hijos.
Oresthed movió la rueda dentada y la máquina empezó a estirar los brazos y los pies del mediano en direcciones opuestas hasta que pusieron su cuerpo bien tieso. Los crujidos de la madera se confundieron con los de los huesos del reo recolocándose. Los otros dos ataron a Drónegar a unas argollas sujetas en la pared, manteniéndolo de pie.
—¿Y tú no dices nada? —le preguntó a Drónegar.
—No. No serviría de nada —dijo resignado—. Vamos a morir igualmente.
—Efectivamente, vais a morir los dos. Pero hablaréis y mucho, ya lo verás. Me suplicaréis que os mate. ¿Ves esto que tenemos aquí?

Demerthed abrió una caja metálica que estaba encima de una de las mesas. Dentro había una serie de cilindros también metálicos. Tomó uno y lo empuñó por la mitad que estaba cubierta de cuero.
—Esto es un arma experimental del chapucero. La llamamos “Lanza de fuego”. Tu mujer ya la ha probado.

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Aquella revelación puso en tensión a Drónegar, despertándolo de la apatía que se había forzado a adoptar para resistir mejor lo que le iba a venir. Así que su mujer no estaba en ninguna sala de curación. Era algo que en el fondo sospechaba, pero que nunca quiso creer para no sufrir más de lo necesario. Ahora que estaba seguro la ira empezó a apoderarse de él, haciéndole hervir la sangre.
Demerthed sonrió al ver la mirada desafiante del criado. A punto estuvo de soltarle para que diera rienda suelta a sus instintos, así disfrutaría de una buena paliza. Pero se contuvo. Disfrutaba mucho más cuando un preso pasaba del desafío al miedo a la tortura y luego a las súplicas para que diera fin con su vida.

—En efecto, tu esposa está en una celda. Justo aquí al lado. Hemos pasado por delante, ¿no te has fijado? Claro, está un poco desmejorada, no la habrás reconocido —le dijo, como si le leyera el pensamiento—. Pero ya hablaremos de ella después.
»Por el momento me apetece contarte cosas de esta nueva arma, que todavía no está acabada. En el asalto a Vúldenhard algunos soldados probaron la última versión de la lanza de fuego en batalla. Según el informe que recibí, parece ser que contra las armaduras no es muy eficaz, aunque sí si se lanza contra la cara, manos o brazos descubiertos. Genera bastante dolor aunque no es mortífera. Todavía sigue siendo más eficaz una espada, un mayal o una simple un hacha de mano. No obstante, es nuestra obligación seguir probando esta nueva arma con el fin de explorar sus posibilidades y sugerirle mejoras al chapucero. Así que vamos probando sus progresos aquí. Sienta bien formar parte del progreso bélico, ¿verdad, hijos míos?

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Sus hijos asintieron en silencio mientras observaban a su padre. Parecía que sólo Demerthed iba a participar activamente de la tortura, al menos por el momento. EL príncipe tocó con el cilindro los testículos de Drónegar. Éste se sobresaltó y gritó sólo con el contacto, aunque en realidad no le provocó ningún dolor físico.

—Está frío, ¿verdad? Bien, ahora verás lo pronto que se calienta esto. No te preocupes, empezaremos por los brazos. Tiempo habrá para todo.

Demerthed tiró de una anilla que sobresalía de la parte posterior e inmediatamente del otro extremo del tubo empezaron a salir chispas y humo. Dio un pase rápido sobre el antebrazo izquierdo de Drónegar, como si manejara una espada de fuego.

El criado aulló de dolor. Dolía como si le hubieran cercenado el brazo, pero en realidad le había provocado una terrible quemadura. El fuego lacerante fue decayendo en intensidad hasta que se apagó por completo. El príncipe heredero le acercó la lanza de fuego a los ojos aún sin dañarlos, simplemente para que percibiera el calor del acero al rojo vivo del extremo.

—¿Ves? Se termina muy pronto la diversión, por eso tenemos aquí una caja entera. Pero no te preocupes, hay maneras de aprovechar estas lanzas de fuego —le dijo alejando finalmente el cilindro metálico de sus ojos.

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Y entonces le presionó con él en el muslo, causándole una marca circular, como si estuviera marcando a una vaca de su propiedad. A pesar del dolor, Drónegar sólo podía pensar en el futuro que le depararía a su mujer y a su hijo, y que daría la vida por poder arrancarle la garganta a Demerthed con sus propias manos. La estancia se estaba llenando del olor a carne quemada. Quien no supiera qué estaba sucediendo allí, pensaría que alguien estaba realizando una barbacoa.

—Descansa por ahora, criado. Voy a ver qué me cuenta el enano.
—Mediano —puntualizó Dedos—. Recuerde, mi señor, que los enanos son bastante más toscos y con menos sentido del humor.
—¿Osas corregir a tu señor?
—Eh... yo...
—Tú serás lo que yo te diga. Mira. Ahora vas a ser un larguirucho. Por fin tus sueños hechos realidad.

Hizo una señal y Oresthed movió la rueda dentada tres dientes. Dedos gritó; pensaba que en cualquier momento sus manos y pies iban a salir disparados de su cuerpo.

—¿Ves? Diríase que tu traje de bufón ya no te estará grande.
—Tiene razón, mi señor —dijo Dedos con dificultad—. Tráigalo aquí y me lo probaré para comprobarlo.

Los tres hijos del príncipe rieron la osadía del mediano. Drónegar no tanto. No daba crédito a sus oídos. Quizás el mediano buscaba enfurecer a Demerthed para que se le fuera la mano y le diera una muerte rápida. Quizás no fuera tan mala idea, después de todo. O quizás no, intuyendo que el príncipe tenía suficiente experiencia en torturas.

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—Me parto de la risa —dijo el príncipe sin pestañear—. Tenazas. Las pequeñas.

El más joven de sus hijos, Parethed, descolgó unas tenazas de un tablón fijado a la pared que estaba lleno de herramientas varias y se las acercó a su padre.

—Siempre me he preguntado por qué te llaman Dedos.
—Oh, si... si me lo hubierais preguntado os habría sacado de dudas... mi señor.
—Está bien, te lo pregunto ahora.
—Mi nombre real es... Déroter Dóstak.
—¿Y?
—DÉ...roter... DÓS...tak —dijo acentuando las primeras sílabas y silenciando las segundas, resaltando lo evidente.
—Ah... Entiendo, entiendo... Bueno, pues a partir de ahora te llamaremos Meñique.
—¿Eh?
—Sí, tu nombre completo será Meñique. Porque es el único dedo que te va a quedar. Empezaremos por éste.

Dicho aquéllo le amarró la mano derecha, que estaba roja por la tensión de la correa y puso el dedo índice entre las tenazas y apretó. El grito del mediano fue en aumento hasta que la tenaza consiguió partir el hueso y arrancarle el dedo. Un chorro de sangre salió disparado por la presión a la que estaba sometida la mano y alcanzó los pies de Drónegar, quien vomitó de la impresión. Demerthed se volvió hacia él ahora y le echó un cubo de agua que limpió el vómito del criado.

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—Lo siento. No soporto ese olor.

Drónegar agradeció el agua, aunque necesitaría mil cubos como aquél para aplacarle el dolor de las quemaduras que le había infligido.

—Bien. Ahora que el bufón ya no está para bromas, llegó el momento de hablar de cosas serias contigo.
—Sí, te contaré todo. No me importa que lo sepas. Nada evitará que tu reinado sea el más breve que se recuerda en Tharler.

Aquello provocó de verdad a Demerthed. Aquel gusano le estaba amenazando con que había un plan contra Tharler y que la muerte de Emerthed sólo era el principio. Lo cogió del cuello y apretó, ahogándole.

—¿De qué hablas, miserable? ¿Quién está detrás de todo esto? ¿Vallathir? ¿Quién es ese emisario del este?

Drónegar se permitió el lujo de reír. Era el último placer que le quedaba. Si él y su familia iban a morir en manos de aquél sádico, al menos que el futuro monarca no pudiera dormir pensando en qué día iba a perecer a manos de un enemigo desconocido y tan poderoso que nadie podría detener. Magnificaría todo lo que se le ocurriera para amedrentar al máximo a sus torturadores.

—Vallathir y el emisario del este, sí —dijo saboreando sus palabras y viendo el efecto que tenían—. Entre los dos mataron a Emerthed el Tirano. Fue cuando el paladín vio la maldad en vuestro padre cuando se decantó la balanza a favor del emisario del este y vuestro padre fue abatido sin remedio.
—¡Cómo lo hicieron! ¡Mi padre era invencible! ¡Habla!
—Oh, vuestro padre era muy poderoso, sí. Desde que se enfundó ese guantelete, vos lo sabéis, que su fuerza y vitalidad han ido en aumento año tras año. Pero existen otras fuerzas más poderosas que os usan como meros títeres para su gran plan. Seres que con sólo miraros os causarían la peor de las muertes, pero que por ahora se divierten dando migajas de su poder aquí y allá a simples mortales para que se maten entre ellos.
»Cuando los siervos de Ommerok se aburran de vuestras tonterías acabarán con Tharler, Fedenord y todos los pueblos libres como quien pisa un hormiguero. Ésa y no otra es la suerte que correréis si no os cortan la cabeza antes Vallathir o el emisario del este o cualquiera de los que conforman su ejército de vengadores.

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Demerthed estaba ahora rojo de ira. Abofeteó al criado.

—¿Dónde están ellos ahora? ¿Por qué no están aquí?
—Oh, tuvieron que partir hacia destinos más importantes. Así de insignificantes sois para ellos ahora mismo.

Aquellas palabras calaron hondo en los corazones de los príncipes y cierto temor les recorrió el cuerpo, pues eran gente supersticiosa. Demerthed estaba sopesando en dejar con vida a Drónegar para mantenerlo como fuente de información, pero su rabia entonces era muy fuerte. Se dirigió a la caja metálica y cogió otra lanza de fuego. Tiró de la anilla. Al salir el chorro de chispas las blandió hasta tres veces contra las piernas del criado antes de que se extinguieran y el olor a barbacoa se intensificó todavía más.

Drónegar volvió a gritar del dolor causado por aquel calor cortante, insoportable.

—Me vas a decir ahora mismo cómo puedo detener a ese ejército de vengadores. Dónde se ubica. Cuántos son. Y me lo vas a decir ahora o la semana que viene, porque puedo alargar tu sufrimiento muchos días y sólo necesito que puedas hablar para contarme lo que quiero. El resto de tu cuerpo me servirá para infligirte el mayor dolor que hayas sentido nunca. Por ejemplo, tus ojos. No los necesito —le insinuó mientras le acercaba el extremo candente del tubo a uno de los globos oculares.

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Drónegar sentía el calor remanente aún con los ojos cerrados. Empapado en sudores fríos y mareado por los latigazos de fuego, apenas podía ver ya nada y a punto estuvo de desmayarse.

—Tal vez tengamos que traer aquí a tu esposa Dorianne, a ver si así colaboras un poco más —le amenazó—. Mis hijos están ansiosos por hacerla gritar un poco mientras observas lo que le hacen y para eso necesitarás los ojos. Uno al menos.
—No será necesario —dijo una voz de mujer, desde la puerta.

Drónegar entreabrió los ojos y vio con su vista borrosa y desenfocada a una sombra entrar en aquella sala. No sabía si se desplazaba lentamente o si lo percibía así dado su estado. Ni tampoco podía estar seguro de si había oído aquella voz familiar antes o después de ver la sombra. El caso es que le pareció que se movía silenciosa y lentamente hasta colocarse detrás de los dos hijos más jóvenes de Demerthed, que estaban juntos. La sombra levantó las dos manos algo centelleó en ellas. Luego, todo sucedió muy rápido. Un hachazo cayó sobre el cuello de Parhethed y otro en la espalda de Borethed. Ambos cayeron al suelo entre estertores. Drónegar pudo advertir entonces que eran dos hachas de mano, pequeñas pero muy eficientes en batalla para abrirse paso entre las armaduras. Lo que advirtió después le dejó atónito.

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Aquella sombra no era otra persona sino su esposa Dorianne quien había dado muerte a los dos herederos al trono. En aquel momento intentaba recuperar el hacha hincada en la espalda de Borethed. Pero no le dio tiempo. Oresthed ya había desenfundado su espada y la blandía para asestarle un mandoble a la mujer, aunque ella era bastante más ágil que aquel sesentón y se apartó a tiempo. Con el brazo que aún blandía la otra hacha le dio un revés que le acertó en todo el rostro. A pesar de no darle con el filo sino con la parte roma, el golpe fue brutal y Oresthed cayó al suelo como un títere al que le hubieran cortado todos los hilos de un seco tijeretazo. Durante ese breve espacio de tiempo Demerthed había corrido hacia ella y ya estaba prácticamente encima. Le lanzó un espadazo que impactó en el hacha, la cual voló varios pasos más allá, dejando a Dorianne completamente desarmada. Demerthed debería haber gritado entonces para alertar a los guardias mientras mantenía a raya a aquella fierecilla; entonces hubieran acudido un porrón de soldados y todo habría terminado para aquellos traidores al reino.

Pero Demerthed era mucho más hombre que todo eso. No iba a dejar que otros vieran que una sucia mujer había matado a sus tres hijos y que él había sido tan cobarde como para pedir ayuda cuando ésta estaba completamente indefensa. Él solo se bastaría para hacerla pedazos; era el futuro Rey de Tharler. Para su desgracia, no contó con que la diferencia de edad era abismal; hacía tiempo que él mismo no se veía en una lucha real cuerpo a cuerpo. Hubo fintas y esquives durante unos segundos que agotaron mucho más al que soportaba ocho décadas en sus espaldas. Dorianne se colocó detrás de una mesa para salir del alcance de aquella espada y vio entonces la caja metálica abierta y un contenido que conocía muy bien. Demerthed cayó en la cuenta justo entonces, ya demasiado tarde. La mujer había cogido una lanza de fuego y le apuntaba directamente al rostro. Quito la anilla de detrás y un fogonazo salió disparado; multitud de chispas impactaron en su objetivo.

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Demerthed aulló con toda la potencia que le daban sus pulmones. Tanto, que su grito debió oírse en todos los rincones del castillo. No obstante, los guardias dieron por sentado que los gritos eran de Drónegar o de Dedos y no movieron un músculo. Gritos similares salían a diario de aquellas mazmorras sin que aquello significara nada más que el divertimento rutinario de los torturadores de turno.

—¡Cállate, puerco! —le dijo Dorianne mientras le asestaba un golpe en la cara con todas sus fuerzas usando la caja metálica que contenía lanzas de fuego. La caja voló por los aires y una docena de cilindros metálicos se desparramaron por los suelos.

Demerthed cayó al suelo cual saco de patatas, completamente inerte. Dorianne se dispuso a liberar a su marido. Se fundieron ambos en un breve pero intenso abrazo, pues sabían que no tenían tiempo para más. Mientras Drónegar se vestía, la mujer liberó a Dedos.

—Vestíos. Daos prisa —les ordenó a ambos mientras recogía las llaves de la sala de tortura y hacía acopio de armas. Un hacha de mano para el mediano parecía buena opción. La otra para ella. A Drónegar le consiguió la espada de Demerthed.

Además de sus ropas, Dedos recuperó sus ganzúas y su bolsa de dinero, y Drónegar el émbeler. Lo hicieron con bastante dificultad, dado el lamentable estado de sus heridas y magulladuras varias. Los moretones de las muñecas de Dedos tardarían semanas en desaparecer. El resto de heridas serían permanentes.

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—¿Cómo lo has hecho para salir de la celda y llegar hasta aquí? —le dijo Dedos mientras se vendaba el muñón del dedo con unos harapos, cuando ya estaban a punto para salir de allí por patas.
—Ahora no hay tiempo, luego os lo cuento. Seguidme.

Al salir de la cámara de torturas cerraron la puerta con llave. Aquella puerta era de hierro macizo y no ofrecía vistas al interior. Eso les daría un tiempo precioso.

—¿Adónde vamos? —le dijo Dedos a la mujer, viendo que la dirección tomada no era la esperada—. La salida es por allí.

Dorianne le respondió:

—Por allí está repleto de guardias que piensan que estoy en una celda y que vosotros estáis muertos o a punto de morir. Por aquí justamente está mi salida alternativa.

El mediano tragó saliva y confió ciegamente en la mujer. No tenía otra opción, después de todo. La salida convencional era una muerte segura. ¿Cuál sería la otra?

No tuvo que esperar mucho para averiguarlo. Dorianne se detuvo ante una puerta muy similar a la cámara dónde ellos habían estado. Era como otra cámara de tortura, lo que aquello significaba que estaban realmente en...

Dorianne abrió la puerta de golpe y entró como un huracán. La siguieron su marido y el mediano armas en ristre, preparados para enfrentarse a un ejército, si fuera necesario.

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—Chapucero, eres gnomo muerto.

Aquella sala tenía la misma estructura que la cámara de torturas, incluso mantenía algunos aparatos originales allí. Pero también había otros de extraña utilidad, y mucho banco y muchas mesas llenas de herrajes, botellas, pergaminos y otros enseres extraños. El olor allí era muy diferente a cualquier sitio donde hubieran respirado antes. Un olor acre al mismo tiempo que ácido y dulzón. Y la sensación de estar inhalando un veneno mortal.

El gnomo estaba allí de pie, enfrentándolos. Con sus enormes gafas protectoras, su mandil de cuero grueso, sus enormes guantes, su nariz ganchuda.

—Vaya, parece que tengo visita. Pasad, pasad —les provocó mientras se quitaba los guantes. En sus manos se apreciaban como alambres y otras piezas metálicas articuladas.

—¡No dejéis que prepare sus trucos! —advirtió Dorianne—. ¡A por él!

Los tres se abalanzaron hacia el gnomo y éste cerrando el puño lanzó unos pinchos metálicos, dos de los cuales alcanzaron el hombro de Drónegar. De la otra manó salió una esfera de cristal que, tras impactar sobre el suelo, llenó la estancia de una niebla cegadora. Se perdieron de vista unos a otros, aunque Dedos consiguió toparse con él. Le lanzó un hachazo a la espalda y notó un choque de metal contra metal. El chapucero reviró y una especie de tentáculo metálico golpeó al mediano, derribándolo. Desde el suelo, Dedos vio como una especie de pulpo llegar hasta él. Era el chapucero, que tenía a su espalda una especie de mochila de la que salían cuatro tentáculos metálicos acabados en punta de cuchillo, dispuestos a coserle a puñaladas.

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Por suerte para el mediano, Drónegar le asestó un espadazo en las piernas que lo derribó y entre los tres lograron reducirlo a él y a sus tentáculos mecánicos. Lo ataron a una silla, después de quitarle todo el instrumental y cachivaches que llevaba encima y lo amordazaron.

—No sé por qué lo dejamos con vida —dijo Drónegar a su mujer, desclavándose aquellos dos pinchos metálicos con bastande dolor—, después de lo que nos ha hecho.
—Va a morir ahora, mi amor. Sólo quiero que muera por su propia magia. Y que lo sepa.
—Me gusta la venganza —dijo Dedos—, pero prefiero mantenerme con vida. Tenemos que salir de aquí antes de que los guardias descubran que...
—Haremos las dos cosas, mediano, no te apures. Ahora ayudadme los dos a colocar estos barriles sobre aquel muro.

Dorianne cogió un barril más pequeño, quitó un corcho y empezó a esparcir su contenido en el suelo en una línea desde los barriles hasta la puerta.

—¿Esto que contienen los barriles es...? —preguntó Dedos.
—Sí, polvo ígneo. Ahora, salgamos de aquí.

Una vez fuera del laboratorio del gnomo, Dorianne cogió una antorcha y la acercó al reguero de polvo negro.

—Sé cómo funciona esto. Ya lo he visto antes, así que si mis cálculos no fallan, mejor será que os apartéis de la puerta y os tapéis los oídos.

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Así lo hicieron.

La llama tocó el polvo ígneo y éste chisporroteó puertas adentro del laboratorio. El estruendo que provocó la explosión fue brutal; centenares de cascotes y polvo lo llenaron todo.

—¡Joder! —exclamó el mediano—. Qué fuga más silenciosa y sutil. Hemos matado al gnomo y destruído su laboratorio. ¿Y ahora por dónde salimos?

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“La Hermandad del Caos” y la portada del presente libro son obra de Víctor Martínez Martí y se encuentran bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported.
Para ver una copia de esta licencia, visita http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/.

By Víctor Martínez Martí @endegal